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Entre líneas de la Cartilla Moral

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Hace unos días, Beatriz Gutiérrez Müller respondió a las críticas de la iglesia católica sobre la Cartilla Moral de Alfonso Reyes que el gobierno reparte, o repartirá, entre la población. Dijo la señora Gutiérrez Müller que un “textito” no cambiará la podredumbre espiritual y añadió: “Cada autor aporta valores de su tiempo y nunca debe escatimarse el anhelo de vivir en una sociedad mejor y más amorosa, sea vía una cartilla, epístola o manifiesto publicado o no por el gobierno” (https://www.infobae.com/america/mexico/2019/07/15/beatriz-gutierrez-muller-esposa-de-lopez-obrador-critico-los-argumentos-de-la-iglesia-catolica-para-negarse-a-repartir-la-cartilla-moral/).

 

Tiene toda la razón la doctora Beatriz Gutiérrez Müller, ningún texto cambiará por sí mismo la miseria espiritual que campea en todo el mundo (no nada más en México) y, por supuesto, nadie debe escatimar el anhelo de vivir en una mejor sociedad, más justa, más equilibrada, más amorosa inclusive. Solamente quisiera hacer una acotación: no se trata de cualquier “textito” sino de un documento con el escudo nacional y las palabras Gobierno de México en su portada, en la que aparecen Sor Juana Inés de la Cruz, Leona Vicario, Francisco I. Madero y Benito Juárez; esto es, se trata de un documento difundido por un gobierno con una explícita intencionalidad política, por lo que en ese tenor debe ser considerado.

 

La Cartilla Moral, documento escrito por Alfonso Reyes en los años cincuenta del siglo pasado, en palabras del presidente AMLO “es un primer paso para iniciar una reflexión nacional sobre los principios y valores que pueden contribuir a que en nuestras comunidades, en nuestro país, haya una convivencia armónica y respeto a la pluralidad y a la diversidad” (https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/427152/CartillaMoral_.pdf).

 

Desconozco cuáles son, o serán, los siguientes pasos de la reflexión a la que llama el presidente, por lo que es muy difícil estimar los alcances de la Cartilla Moral por sí misma, es decir, aislada de otros pasos o momentos del pensamiento y debate colectivo sobre los valores y principios que pueden contribuir a una “convivencia armónica”. En lo personal, me parece un documento muy conservador y, aún más, extraño a los tiempos que vivimos en el país y en el mundo; escrita en 1944 por Alfonso Reyes a solicitud del entonces Secretario de Educación Jaime Torres Bodet, en la Cartilla se hace un conjunto de afirmaciones sobre la educación, el bien y el mal, el cuerpo, el alma, la civilización y la cultura, la persona, la familia, la moral, la ley, entre otros temas que, a decir verdad, difícilmente soportan el rigor del pensamiento crítico y/o el análisis desde posiciones políticas de enorme relevancia para nuestros tiempos, por ejemplo el feminismo. Afirmaciones que, en el mejor de los casos, en 1950 tendrían alguna validez o al menos cierto grado de confiabilidad, pero que en 2019 resultan fuera de tiempo y contexto, e inclusive mueven a risa. “El bien es benéfico, y el mal es maléfico”, se lee en la página 8, dando por supuesto que tanto el “bien” como el “mal” son nociones abstractas, universales y de aceptación generalizada. Ese tipo de afirmaciones y lugares comunes abundan en la Cartilla Moral, documento que en mi opinión no puede, no debe, ser parte de una política de Estado en materia educativa, científica, cultural (salvo como publicación de textos de autores mexicanos) ni de ningún otro tipo.

 

Más allá de las opiniones personales, válidas todas sin duda, me parece necesario leer los mensajes políticos contenidos entre líneas en la Cartilla Moral. Y ni tan entre líneas, muchos mensajes son más que evidentes.

 

En primer lugar, ni a qué dudarlo, la afinidad de AMLO con Alfonso Reyes, de otra forma no se explica su insistencia en la impresión y amplia difusión de la Cartilla (se habla de 10 millones de ejemplares en este año). Curiosa afinidad entre un intelectual (fifí, por cierto) y el principal líder político de la izquierda mexicana y presidente de un país con 130 millones de habitantes. En lo personal, considero que la Cartilla Moral oscurece, más que aclarar, muchos asuntos de orden individual pero que están presentes en la agenda colectiva. Por ejemplo, al hablar de familia (en singular) la Cartilla Moral (documento con 75 años de antigüedad) induce a concebir que hay un solo tipo, cuando la lucha de diferentes grupos sociales, minorías sexuales, colectivos feministas, etc., ha sido por reconocer la existencia de muchos tipos y formas de familia; lucha que, por cierto, ha logrado el reconocimiento jurídico de los matrimonios igualitarios. En el mismo sentido, Alfonso Reyes utiliza el concepto de hombre en un sentido genérico (es decir, alude a hombres y mujeres), pero justamente esa ha sido la lucha de millones de mujeres por el lenguaje inclusivo que, nos guste o no, debe ser respetado sin cortapisas.

 

La Cartilla Moral es un documento que responde a su tiempo, por lo que sería absurdo exigirle la utilización del lenguaje incluyente o el reconocimiento de la diversidad de familias (para seguir con el par de ejemplos que presenté antes), pero extraña que se pretenda utilizar para la transformación moral del país. Yo me pregunto porqué no escribir un documento (una nueva Cartilla Moral, si se quiere) que reconozca las conquistas de los diferentes grupos sociales a lo largo de la historia y su expresión en las leyes mexicanas y en los compromisos internacionales suscritos por nuestro país, un texto que contenga los avances de la ciencia en materia de medio ambiente o del conocimiento de las sociedades, que reconozca al cuerpo como un lugar político, entre otros puntos cruciales y necesarios para orientar la “transformación moral” (lo que eso signifique). Porque con ideas y conceptos francamente retrógrados y altamente peligrosos por su pretensión de controlar la vida privada y la intimidad de cada quién, no se avanza en la transformación moral y sí en cambio podrían violarse derechos humanos básicos. Juzgue usted: “Cada uno de nosotros, aunque sea a solas y sin testigos, debe sentirse vigilado por el respeto moral y debe sentir vergüenza de violar este respeto. El uso que hagamos de nuestro cuerpo y de nuestra alma debe corresponder a tales sentimientos” (Cartilla Moral, p. 12). Un documento escrito hace 75 años por un muy conservador intelectual ¿puede ser guía para la transformación “espiritual” del México de 2019? Usted, amable lectora, amable lector, ¿qué opina?

 

En segundo lugar, y a pesar de que la doctora Beatriz Gutiérrez Müller diga otra cosa, la distribución de la Cartilla Moral sí se piensa como un medio para cambiar la “podredumbre espiritual” (palabras de la señora Gutiérrez Müller) de nuestro país. Al menos eso se desprende de lo dicho por el presidente AMLO en días pasados: “Yo constantemente estoy comunicándome con madres que tienen hijos presos y es muy doloroso porque la madre siempre va a estar del lado de los hijos aunque los hijos no se porten bien, entonces es necesario que todos nos portemos bien para darle felicidad a las madres, a nuestras familias, es muy importante eso, fortalecimiento de los valores, por eso vamos a seguir insistiendo en no solo mejorar la situación material, no solo buscar el bienestar material, sino el bienestar del alma, por eso estamos distribuyendo la cartilla moral de Alfonso Reyes” (https://www.animalpolitico.com/2019/07/cartilla-moral-amlo-chapo/).

 

Disculpe señor presidente, pero “portarse bien” (en el contexto de la declaración significa no delinquir) no es un asunto del orden privado para dar “felicidad a las madres”, sino del orden público y, por ende, corresponde al Estado la impartición de justicia que incluye, desde luego, las penas a los delincuentes. En esta tesitura, AMLO debería separar sus opiniones personales y sus convicciones religiosas de su función como jefe del Estado mexicano, no hacerlo es sumamente peligroso e inclusive inconstitucional en la medida en que podría violentarse el carácter laico del Estado.

 

En tercer lugar, que la responsabilidad de la distribución de la Cartilla Moral recaiga, en gran medida, en la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas AC (Confraternice) en mi opinión es inaceptable puesto que contraviene el principio básico de laicidad del Estado mexicano. Si el mensaje (la Cartilla Moral) es sumamente cuestionable, el mensajero (los evangélicos) es absolutamente reprochable, toda vez que, en los hechos, se faculta a iglesias evangélicas a desempeñar funciones que le corresponden exclusivamente al Estado. No puede haber 4T socavando los principios básicos de la 2T, en particular, la separación del Estado y las iglesias. Fortalecer, en los hechos, a Confraternice contraviene la libertad de conciencia y la libertad de culto y por esta vía se pone en riesgo la igualdad de todas y todos ante la ley, independientemente de sus creencias (o no) religiosas. Suponer que una persona por pertenecer a alguna iglesia cristiana es más virtuosa en términos morales que un cristiano, un judío, un musulmán o un ateo es un grave error. No vayamos más lejos, hace unos pocos meses el gobierno mexicano facilitó (por renta o préstamo) el Palacio de Bellas Artes para homenajear al líder de la iglesia evangélica La Luz del Mundo, el llamado “apóstol” Naasón Joaquín García, hoy encarcelado en los Estados Unidos acusado de graves delitos sexuales: pederastia, pornografía infantil, violación de menores, trata de personas, entre otros.  Que los mensajeros sean los evangélicos es un mensaje sumamente ominoso que no tiene absolutamente nada que ver con las luchas históricas de las izquierdas en nuestro país.

 

México no necesita una Cartilla Moral para transformar sus “valores”. Requiere, y con urgencia, justicia. Si al presidente no le gusta ver a nadie en la cárcel, allá él, yo estoy seguro de que su creencia no es compartida por la mayoría de la población que clama, grita, exige, justicia y castigo para asesinos, secuestradores, feminicidas, violadores, extorsionadores, etc. México no necesita una Cartilla Moral, no al menos la escrita hace 75 años por Alfonso Reyes. Tampoco necesita que la distribuyan los evangélicos en sus 7 mil templos que dicen tener. Necesitamos más y mejor educación. Requerimos ciencia, cultura y arte en todos los pueblos, calles, ejidos, fábricas, escuelas, cuarteles, hospitales, en fin, en todos los rincones del país.

 

Al gobierno no le corresponde catequizar, su obligación es hacer valer el estado de derecho.

Alejandro Saldaña Rosas

Alejandro Saldaña Rosas

Doctor en Estudios Organizacionales por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y Académico e Investigador en la Universidad Veracruzana. Autor del libro Momentos de Gracia: Organizar lo Imposible (2009) y articulista en temas sobre estudios en gestión y gestión de empresas de base creativa.