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Se acabó el corrido

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Washington – Viviendo en el extranjero, una de las cosas que más me ha hecho sentir orgulloso de ser mexicano es el enorme caudal cultural de nuestro hermoso país. La admiración que expresan por la cultura de México los estadounidenses, europeos, asiáticos, africanos y ciudadanos de todos los rincones del planeta me ha hecho sentir privilegiado, y eso no tiene precio ni comparación.

 

Nuestra música es uno de los tesoros más preciados de ese México querido. De niño, cuando escuchaba corridos como “El caballo blanco” -por citar uno-, de José Alfredo Jiménez, mi imaginación me llevaba a cabalgar desde Guadalajara hasta la Rumorosa; ansiaba ser un jinete aventurero y valiente.

 

La violencia y la irresponsabilidad de Felipe Calderón al iniciar una guerra estúpida contra el narcotráfico por cumplir los caprichos y mandatos de Washington, mancilló al país y lo llenó de sangre.

 

En las películas de Pedro Infante y en las de vaqueros de Estados Unidos, aprendí y llegué a creer que siempre triunfaría el bien sobre el mal. Sin embargo, por culpa de Calderón, los narcotraficantes brotaron como hierba mala por todo el país. Son una anomalía de nuestra sociedad. Su éxito vano al ganar millones de dólares a costa de la vida de inocentes y drogadictos los colmó de lujos, mansiones, mujeres, joyas, de todo lo efímero que está tan lejos de la felicidad y la tranquilidad que expresa nuestra cultura y los paisajes inigualables de México.

 

“Contrabando y traición”, que yo recuerde, fue el primer corrido que hacía apología de los narcotraficantes. Los Tigres del Norte, el grupo norteño que hizo famoso ese género musical, no lo tocaban con admiración, era como una música que agregaba un toque distinto en las fiestas familiares y hasta en las discotecas para bailar norteño o polka.

 

Con el empoderamiento del narcotráfico, la profunda pobreza y la inseguridad provocadas por tantas décadas de gobiernos corruptos e ineficientes, creció la anomalía de los narcocorridos. Fue como si con una música horrenda quienes componen esa patraña nos aconsejaran que la solución a los problemas económicos está en el trasiego de drogas.

 

Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, “El Chapo”, como uno de los miembros de la cúpula de mando del Cártel de Sinaloa, es una de las figuras favoritas de los irresponsables compositores aferrados a ensuciar la música con esa aberración de los narcocorridos.

 

El pasado miércoles 17 de julio, en Brooklyn, Nueva York, por cuestiones de mi profesión y trabajo, fui uno de los 27 reporteros que atestiguamos el momento en que el juez federal estadounidense Brian Cogan sentenció a “El Chapo” a purgar una condena de cadena perpetua más 30 años de cárcel, por narcotráfico y crímenes diversos.

 

Desde que inició la audiencia, el famoso criminal se veía desencajado, inquieto, angustiado. No hacía caso de lo que sus abogados, los fiscales y el juez decían de él. Sabía cuál sería el desenlace y se dedicó la mayor parte de la audiencia a buscar con la mirada a su esposa, Emma Coronel, para lanzarle de lejos besos y muecas de cariño con las manos y cejas.

Cuando habló, porque quiso hablar, señaló que en su juicio no hubo justicia sino irregularidades judiciales.

 

En ningún momento, Guzmán Loera pidió por lo menos una disculpa, ya no a los estadunidenses, sino a los mexicanos y al país al que junto con otros criminales de su calaña bañó de sangre y llenó de muerte. Al parecer, no se arrepintió de nada de lo que debería haberse arrepentido al encontrarse ante un callejón sin salida.

 

Desconozco si el Chapo asesinó, torturó y secuestró a personas. Sus ex subalternos, socios, amigos y compadres lo acusaron de eso, pero por ser delincuentes no tienen credibilidad. Lo que sí se confirmó con las grabaciones de las conversaciones telefónicas que presentaron los agentes estadounidenses como evidencias en el juicio, fue que “El Chapo” sí ordenó el levantamiento de personas para ser torturadas y eventualmente asesinadas. ¿En cuántas ocasiones dio ese tipo de ordenes?, supongo que decenas de veces. Nada de que alegrarnos y mucho menos nada qué inmortalizar en esa anomalía cultural de odas a narcotraficantes.

 

“El Chapo” ya está en la prisión de máxima seguridad de Florence, Colorado, purgando una sentencia que conforme al código penal y al sistema judicial de los Estados Unidos es la mínima que merece un criminal con sus características.

 

De la cárcel de Florence, Joaquín Archivaldo Guzmán Loera sólo saldrá con los pies por delante: muerto. ¡Se acabó el corrido!

 

 

Jesús Esquivel

Jesús Esquivel

Periodista y escritor. Licenciado en Periodismo. Desde 1988 es corresponsal de la revista Proceso en Washington. Es autor de los libros "La DEA en México", "La CIA, Camarena y Caro Quintero", "Los narcos gringos" y "El juicio. Crónica de la caída del Chapo". @JJesusEsquivel