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Memoria de las dictaduras: los vuelos de la muerte en México y Latinoamérica

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Por: Alejandro I. López

El horror de las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX no conoció límites. Además de las torturas ya conocidas como el confinamiento, los abusos sexuales, las violaciones sistemáticas o el robo de bebés (apropiación de menores y robo de identidad), el imaginario de suplicio y muerte de los distintos regímenes militares que tomaron control de la mayor parte de países de América Latina estuvo alimentado por dos motivos: alimentar el miedo generalizado y asegurarse del exterminio de sus opositores.

El Estadio Nacional de Chile en Santiago, la Escuela de Mecánica de la Armada en Buenos Aires o la Plaza de Tlaxcoaque en Ciudad de México, todos son sitios manchados de sangre; centros de detención, tortura y exterminio donde terminaron miles de vidas que se opusieron al poderío de la bota militar y fueron reducidas más allá de la bestialidad.

Pero, ¿qué pasa cuando estos crímenes son cometidos en el aire, a miles de pies de altura para eliminar todo registro de la barbarie?

Los vuelos de la muerte en Argentina y Chile

Los vuelos de la muerte fueron una práctica de exterminio que consistía en subir a los detenidos a aviones para después arrojarlos en medio del mar. Entre 1976 y 1983, cientos de argentinos fueron secuestrados, drogados y llevados a la Base Naval de Buenos Aires para tomar un vuelo sin regreso. En la pista, los pilotos de las fuerzas armadas esperaban las órdenes de emprender el vuelo.

Después de introducirse brevemente por el Atlántico y dejar atrás tierra firme, los opositores eran lanzados al océano desde cientos de miles de pies de altura. Sus cuerpos nunca más serían hallados y no existía evidencia material del asesinato; un mecanismo perfecto para que la maquinaria del olvido consolidara al régimen que realizaba sistemáticamente estos hechos.

En el caso de Chile, los vuelos de la muerte también se convirtieron en un crimen planificado, pero más que asesinar a sus opositores, durante la dictadura de Pinochet se utilizaron como un método infalible para desaparecer los cuerpos torturados de los desaparecidos. Los cadáveres eran transportados vía terrestre hasta el Aeródromo Eulogio Sánchez en Santiago, desde donde partían en helicópteros Puma que se aproximaban hasta la región de Valparaíso para en el Pacífico para vertir su cargamento en el mar. Las investigaciones posteriores han determinado que entre 1974 y 1978 fueron arrojados entre 400 y 500 cuerpos al mar; sin embargo, es altamente probable que esta acción se haya realizado con anterioridad.

Los vuelos de la muerte en México

En México, la situación no fue distinta. Desde la base militar de Pie de la Cuesta en el estado sureño de Guerrero entre 1974 y 1981 se llevaron a cabo distintos vuelos de la muerte que cobraron la vida al menos de mil 500 personas. Se trataba principalmente de opositores, simpatizantes y miembros de grupos insurgentes organizados en guerrillas durante el periodo conocido como guerra sucia, en el que el gobierno mexicano una ofensiva de baja intensidad contra estos movimientos insurgentes, principalmente al sur del país.

La mecánica no variaba en demasía a la sudamericana: desde distintas prisiones al interior del país, los detenidos eran trasladados a cárceles clandestinas en Guerrero (principalmente en Acapulco) donde eran interrogados y torturados según su declaración. Algunos eran ejecutados in situ de un tiro después de reducirlos y vendarles los ojos; sin embargo, otros más abordaban aviones y helicópteros de propiedad federal y eran arrojados al Pacífico por las madrugadas.

Después de distintos juicios por delitos cometidos durante la guerra sucia a principios del siglo XXI y de sendas investigaciones, tanto de la Comisión de la Verdad en Guerrero como de el Informe de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), los nombres del general Mario Acosta Chaparro y de
Francisco Quirós Hermosillo fueron reconocidos como los principales artífices de estas prácticas en México.

Ambos hicieron de la base militar de Pie de la Cuesta la base de estas “operaciones especiales” y en el caso de Acosta Chaparro, al menos 143 ejecuciones extrajudiciales durante el mismo periodo, pero la justicia nunca llegó: Acosta murió en 2012 asesinado en extrañas circunstancias después de que saliera bien librado de distintos procesos (incluido uno por nexos con el narcotráfico) por supuestas “falta de pruebas” en el sexenio de Felipe Calderón, mientras Quirós falleció en 2006 de cáncer, después de resultar absuelto por tráfico de drogas y crímenes de guerra un año antes.