¿Racista yo? No, xenófobo

¿Racista yo? No, xenófobo

J. Jesús Esquivel

Corresponsal de la revista Proceso en Washington

@JJesusEsquivel

 

¿Racista yo? No, xenófobo

 

Washington – Lo sabíamos, no estaba oculto en nuestro inconsciente, pretendíamos que fuera así, sin embargo, nuestro racismo está a flor de piel; se expone por inercia al ver a un ‘naco’ cruzarse en el camino, o meterse con su auto frente al nuestro en el periférico. Al ‘pinche indio’ a quien nombramos con desprecio por tener la piel más morena que la nuestra, por sus modales pueblerinos que no encuadran en el urbanismo falso; al indio que exaltamos por las artesanías que nos arroban al visitar sus ‘pueblos mágicos’ aderezados con boutiques y Oxxos.

Con la caravana de migrantes centroamericanos que huyen de sus casas y de su patria por la pobreza y la violencia pandilleril, generada, auspiciada y financiada por el tráfico de drogas; enseñamos el cobre.

El torrente de expresiones racistas que atiborran las redes sociales de nosotros los mexicanos para con los integrantes de la caravana centroamericana sólo tiene un parangón: Donald Trump.

Sí, estamos igual o peor que el presidente de Estados Unidos al referirse a nosotros los mexicanos a quienes etiqueta de narcos, violadores y criminales. Eso sí, cuando nos ofende con sus expresiones el rubio mandatario; nos indignamos e hipócritamente, ‘al sonoro rugir del cañón’, nos enredamos en la lábaro patrio. ¡Gringos racistas!, gritamos en nuestra débil defensa porque en nuestro ulterior los homologamos.

Denostar contra Donald Trump se ha vuelto deporte nacional y deseamos verlo derrotado, pero; ¡ah, gringo ladino! Salió más listo de lo que imaginábamos y, todos, todos, caímos en su trampa.

¿Racista yo?, no, claro que no; xenófobo igual que Trump.

El presidente de Estados Unidos no nos quiere porque afeamos el paisaje prístino de sus campos de golf, de los malls y de las calles de las urbes de arquitectura amorfa sin historia propia.

Trump quiere construir un muro en la frontera sur de país para mantenernos fuera y pide a nuestro gobierno que no permita que hombres, mujeres y niños pobres siquiera se arrimen a su geografía. México y los mexicanos obedecimos. El racismo, el gobierno servil de Enrique Peña Nieto que usa la fuerza bruta para contener a la caravana y hasta Andrés Manuel López Obrador, cumplen a pie de juntillas las demandas de Trump: alejen a los centroamericanos de mi frontera.

Peña Nieto es el más descarado en la obediencia al presidente de Estados Unidos. López Obrador no se quedó atrás; los retendrá con empleos (¿cuáles, dónde, en qué?) y así no llegarán a la frontera estadounidense.

Ante esta realidad, cuánta falta nos hace releer o leer, para el caso de muchos; la gran obra de Octavio Paz; “El laberinto de la Soledad”.

Cito un fragmento nada más por aquello de la testaruda pregunta que sigue atronando en mi mente; ¿Racista yo? Cualquier parecido con el pensamiento y personalidad de Trump es pura coincidencia

“Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación… Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospechas de palabras… En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también de sí mismo”.

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