Me dieron la razón

Me dieron la razón

J. Jesús Esquivel

Corresponsal de la revista Proceso en Washington

@JJesusEsquivel

 

Me dieron la razón

 

Washington (apro) – Esa tragedia ocurrió tres días antes de mi cumpleaños número tres, no está registrado en mi memoria de ese tiempo. Años después descubrí el libro de Elena Poniatowska que leía mi abuelo, mi padre y mi tío. Lo comencé una tarde al regresar de clases y no paré hasta terminarlo. Esas letras fueron el inicio de mi rebeldía contra el poder gubernamental.

Mi madre afirmaba que jamás permitiría que yo me fuera a estudiar a la UNAM porque el gobierno me mataría. Han pasado 50 años de la imborrable tragedia de Tlatelolco y el gobierno sigue matando.

Durante mi adolescencia, en la escuela y entre mi círculo social me consideraban un irreverente y un inconforme.

Gracias al hábito en mi familia paterna de leer diariamente los periódicos me fue creciendo la inquietud de usar a las letras como bandera de denuncia. De ahí que surgiera esa necesidad de volverme un tecleador para exponer las corruptelas del gobierno y de los políticos, gritar los constantes abusos a los derechos humanos y denunciar impunidad total para con quienes los cometían abiertamente.

Rememoro de esos tiempos lo ocurrido con los campesinos y maestros en la sierra de Guerrero, a la que por mi temprana afición a las peleas de gallos, posteriormente conocí para entender esa lucha hambrienta de justicia frente la profunda pobreza y al desdén gubernamental.

“Con los verdes no se pueden meter, la constitución les da el derecho de matar a cualquiera”, se decía con miedo en mis tiempos de adolescencia.

Ahora que lo recuerdo me siento un auténtico cobarde por no haber gritado más fuerte desde mi trinchera. Justifico a las madres que hicieron todo lo necesario para desalentar a sus hijos a que se mantuvieran al margen, en su mente estaba presente la sangre regada en Tlatelolco.

Pasaron las presidencias de Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas de Gortari, Zedillo, Fox, Calderón y está a punto de sucumbir la de Peña Nieto. En todas, la historia muestra reincidencias de lo ocurrido hace medio siglo; el abuso y la muerte a manos de las fuerzas de seguridad del Estado. Cito casos recientes por aquello de que México padece de amnesia y pierde memoria histórica: las masacres en Chiapas, los miles y miles de muertos en la guerra contra el narcotráfico, los estudiantes del Tec de Monterrey, los de Villas de Salvárcar, ejidatarios de Atenco; maestros en Oaxaca, las decenas de periodistas en todo el país y lo que suena increíble; los 43 normalistas de Ayotzinapa.

La sombra de Tlatelolco no se ha ido, está al acecho y nos tiene aterrados. Las madres viven con miedo, no saben si sus hijas o hijos regresarán una vez que salen a la calle; la podrida incertidumbre.

Medio siglo transcurrió y al recordar mi aliciente de rabia para rebelarme con las letras descubro mi fracaso, mi cobardía y la impotencia. Para mi desgracia los siete sexenios que recuerdo a perfección a lo largo de mi vida me dieron la razón. ¡Maldita sea!

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