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Un país racista

J. Jesús Esquivel

Corresponsal de la revista Proceso en Washington

@JJesusEsquivel

 

 

 

 

Un país racista

 

 

Washington – La sociedad de los Estados Unidos sufre una profunda crisis racial que, aunada a la facilidad con la que se venden armas y municiones, arroja como saldo las masacres.

Las más reciente, la de los cinco policías en Dallas, Texas, no es más que un crimen de odio racial de agencias policíacas para con las minorías étnicas, en especial la afroamericana.

En todo el territorio estadunidense, los actos de racismo y abuso policial hacia los afroamericanos son una práctica cotidiana.

Un afroamericano conduciendo un automóvil de lujo en cualquier carretera o calle de los Estados Unidos, desde la perspectiva policial, es de inmediato un sospechoso y sujeto a detención.

La mentalidad policiaca en los Estados Unidos indica que si un afroamericano conduce un auto de lujo, es indicio de que se trata de un criminal. La mayoría de los policías estadunidenses son tendenciosos y económicamente consideran a los afroamericanos incapaces de tener los recursos para comprar un auto de lujo.

Por estos perfiles discriminatorios, cientos de casos de racismo ocurren todos los días en Estados Unidos y pasan desapercibidos.

La muerte de los cinco policías en Dallas fue un acto de cobardía por parte de dos afroamericanos. El crimen cometido por estos dos afroamericanos es injustificable, como lo es la tendencia discriminatoria con la que actúa la mayoría de los policías.

La ejecución a sangre fría de Philando Castile, en Minnesota; y de Alton B. Sterling, en Baton Rouge, Louisiana, a manos de policías, generó manifestaciones masivas para exigir justicia.

El caso de Castile en particular, filmado por su novia, quien junto a su pequeña hija lo acompañaba en su auto cuando un policía le disparó y lo mató, indignó con justa razón a la comunidad afroamericana y a todo el país. La impotencia de la novia de Castile al verlo desangrarse y morir en el auto, y el rostro de terror de la niña que los acompañaba, no generan más que compasión y coraje por la falta de justicia.

La modernidad y las redes sociales evitan ahora que Estados Unidos siga ocultando debajo de la alfombra el racismo que lo carcome. Las ejecuciones de Castile y Sterling fueron la gota que derramó el vaso. Ya ni vale la pena contar cuántas ejecuciones de afroamericanos a manos de la policía han ocurrido en los últimos dos años. Se dan, son reales y eso es lo que cuenta. Los casos eran una bomba de tiempo que explotó en Dallas.

Por la impunidad a favor de policías que han ejecutado sin motivo a los afroamericanos, se entiende, mas no se justifica, que dos de sus miembros embriagados por el odio subieran a los techos de edificios como francotiradores para matar a oficiales blancos.

El mismo presidente Barack Obama reconoció la parcialidad del sistema judicial de su país para las personas que, como él, son de raza negra.

“Un afroamericano puede ser sentenciado a la pena capital mientras que un blanco recibe una pena menos severa, aun cuando ambos hayan cometido el mismo delito”, dijo Obama el martes 12 de julio al asistir a la ceremonia luctuosa en Dallas.

En Estados Unidos se dice que no hay una persona integrante de una minoría étnica que no haya sido víctima de un acto de racismo. Es posible. Lo cierto es que la combinación del racismo con el armamentismo le está costando muchas vidas inocentes a la sociedad de los Estados Unidos.

Cualquier persona víctima de una discriminación racial y de un crimen de odio, con un rifle AK-47 o un R-15 en las manos, puede cometer un ilícito y justificar su crimen con lo que Obama certeramente llamó en Dallas “un racismo a la inversa”.

La reconciliación racial en los Estados Unidos se ve muy lejos.

El racismo está vigente en Estados Unidos, y tan lo está, que de ser lo contrario una parte de su población no hubiese elegido como posible huésped de la Casa Blanca a un personaje polarizante y racista como el multimillonario Donald Trump.

Los republicanos no han podido superar que Obama, un negro, sea presidente de los Estados Unidos. Desde hace ya más de siete años, cuando ganó la Casa Blanca, los republicanos del Capitolio juraron que le harían la vida imposible al presidente y le han bloqueado casi todos sus proyectos de ley. A esto se le llama racismo.

 

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