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Signos ominosos en arte, cultura, tecnología y ciencia (Margensur)

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Signos ominosos se ciernen sobre el arte, la cultura, la tecnología y la ciencia a pocos meses de iniciada la Cuarta Transformación (4T). Los focos de alarma se han encendido no sólo por los recortes presupuestales, embozados como planes de austeridad, sino sobre todo por la concepción que los anima: la sospecha de que el trabajo intelectual es, en esencia, fraudulento y, por lo tanto, prescindible. Más allá de las aclaraciones hechas sobre las políticas públicas en materia de arte, cultura, ciencia y tecnología, en la comunidad académica y creativa hay un muy mal sabor de boca, a pesar de que estos grupos sociales -mayoritariamente- dieron su voto al presidente Andrés Manuel López Obrador. La expectativa era que el apoyo a la investigación científica y a la creación artística se incrementara, si no en montos sí en alcances (más becas), sin embargo, lo cierto es que hasta el momento los signos apuntan en una dirección contraria y a pesar de las declaraciones y las aclaraciones de las cabezas del FONCA y del CONACYT, privan la incertidumbre y el enojo.

Científicos, artistas, creadores, tecnólogos, promotores culturales y académicos hemos quedado en entredicho y estigmatizados como “fifís”, “machuchones” o apelativos similares. Antes de comprender la especificidad de la creación intelectual, sus aportaciones al desarrollo del país y la construcción de instituciones que la generan y vehiculan, se ha impuesto el juicio sumario para denostar a quienes hacemos de la lectura, la reflexión, el pensamiento, el debate, la sensibilidad y la contrastación de nuestras ideas y nuestros datos, el leit motiv de nuestro trabajo. Y esto, estimada lectora, estimado lector, me parece altamente preocupante, alarmante inclusive. Me explico en las siguientes líneas.

La historia de un país son muchas historias, no es una sola, lineal ni unívoca. La historia de México es la historia de sus luchas, de sus rebeldías, de sus olvidos y sus memorias, es la historia de sus instituciones y también la narrativa construida en torno a esas luchas, a esas rebeldías, a esas desmemorias y a esas instituciones. En este sentido, no es posible disolver estas instituciones y las historias que las construyen, por decreto o por la sospecha -con evidencias, sin duda- de favoritismos, malos manejos o transas a cielo abierto. Para decirlo rápido: los yerros y el contubernio cometidos en la asignación presupuestal en las becas del FONCA o en las del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), por ejemplo, no pueden significar la eliminación de esos apoyos. El agua está sucia, es verdad, ¡pero no hay que tirar al niño junto con el agua! Es necesario revisar los mecanismos de asignación de las becas tanto en el FONCA como en CONACYT, sin duda alguna, inclusive quizás haya que transformar ambas instituciones, pero eliminarlas significa echar por la borda el trabajo de miles de trabajadores intelectuales.

Pese a enormes falencias y a transas demostradas, en los últimos 30 años México ha logrado construir instituciones más o menos saludables en materia de arte y cultura (FONCA) y de ciencia y tecnología (CONACYT), que han permitido apoyos económicos, divulgación y proyección internacional para las y los creadores que han obtenido recursos. Sobre todo, esos recursos han permitido que el talento científico, artístico, cultural y tecnológico se dedique a lo que sabe hacer y eso es una gran inversión en el país. En la economía del conocimiento, apostar por el desarrollo científico y tecnológico no es opción, es una necesidad fundamental para detonar inversiones e innovación y, con ello, generar empleos mejor remunerados; de igual forma, en tiempos en los que la creatividad es una de las fuerzas motoras de la economía y un elemento que promueve la cohesión social, que el Estado invierta en arte y cultura es una decisión cuyos beneficios son inmediatos y sus alcances pueden sentirse varias generaciones después. Pienso, por ejemplo, en los maravillosos libros para niñas y niños escritos por Francisco Hinojosa (acaso el mejor escritor en español de libros infantiles), que han contribuido a la formación de varias generaciones de lectores durante los últimos cuarenta años. Desconozco si Pancho hubiera escrito tantos libros sin la beca del FONCA, pero me congratulo de que los haya escrito siendo becario. Y como él, muchos y muchas más.

El FONCA y CONACYT son instituciones que han acarreado vicios, sin duda, pero son los y las artistas, las y los científicos quienes deben hacer los cambios para el mejor funcionamiento de ambas instituciones. Muchos creadores que dieron lugar al sistema de becas del FONCA han fallecido y los jóvenes que hoy tienen entre 30 y 40 años son absolutamente inocentes de esas fallas, de esos vicios. Hay muchos artistas que no habían nacido cuando surgieron las becas del FONCA, por lo que resulta profundamente injusto achacarles a ellas y a ellos los vicios del sistema. Lo mismo sucede con el CONACYT y el SNI: muchos de los jóvenes científicos y científicas no habían nacido, o apenas estaban en el kínder o la primaria, cuando se creó el sistema: ¿por qué ellas y ellos deben pagar los errores y desaciertos de otras generaciones? Gentil lectora, gentil lector, yo no lo acepto. No acepto que la juventud científica y artística deba pagar los platos rotos de anteriores generaciones. Artistas y gente de ciencia se han sumado a las oportunidades que el país les ha ofrecido y, en términos generales, han cumplido con su responsabilidad. ¡Si ha habido abusos que se castigue a los responsables, no a los científicos ni a los creadores de arte! ¡No eliminen los programas sin antes, al menos, escuchar a la comunidad artística y científica!

Comparto con usted, que amablemente sigue este texto, una preocupación mayor: el concepto de cultura del presidente Andrés Manuel López Obrador. Y más que su concepto (absolutamente respetable, en el ámbito privado), mi preocupación es que esas ideas se conviertan en el eje de la política pública para el FONCA, CONACULTA y CONACYT. Dijo el presidente que “cultura es lo que tiene que ver con los pueblos” y añadió que “nunca los pueblos originarios, los integrantes de nuestras culturas, habían sido atendidos como ahora” (https://www.eluniversal.com.mx/cultura/lamentan-concepto-de-cultura-de-amlo) No discuto ni cuestiono la atención a los pueblos originarios, aunque tengo muchas dudas sobre la eficacia de las acciones emprendidas, y discrepo de esa concepción. Qué bueno que se atiendan las innumerables y lacerantes necesidades de los miles de comunidades indígenas en el país, pero de allí a celebrar muchos de sus usos y costumbres hay una gran distancia. Y mayor distancia hay al pretender que esa “cultura” sea el rasero de definición de las políticas públicas en materia de arte, cultura y ciencia. Perdón, pero no. No estoy de acuerdo con una perspectiva que enaltece culturas con enormes carencias en materia de respeto a los derechos humanos, entre otros, el aval a la venta de niñas y mujeres, aunque sean usos y costumbres de “nuestros” pueblos originarios.

La concepción de la cultura que tiene el presidente es muy suya en lo personal, pero si pretende hacer de ese conjunto de ideas una política pública, estamos jodidos. Es una mirada que, a mi parecer, acusa tufos polpotianos, esto es una perspectiva que evoca al régimen de Pol Pot en Camboya y sus Kmeres Rojos, cuando se impuso una política de ruralización de trabajadores urbanos que aniquiló a millones de profesores, de artistas, de intelectuales. Bajo el argumento de “purificar” al país mediante el trabajo agrícola, millones de mujeres y hombres fueron obligados a dejar las aulas, los laboratorios y los talleres para ir a contribuir a la “revolución” en los campos de arroz de Camboya. Y muchos, miles, fueron asesinados bajo el falaz argumento de la “revolución”.

Quizás exagero y extrapolo, lo admito, pero la expresión de que la cultura es “lo que tiene que ver con los pueblos” no es mía, es del presidente AMLO. Y ratifico, no estoy de acuerdo. La cultura, el arte, la ciencia y la tecnología es lo que tiene que ver con los pueblos, sin duda, pero es mucho más que eso. Si el presidente no coincide está muy bien, pero que no quiera imponer sus concepciones. Hay temas y problemas mucho peores.  

Mucho más perjudicial me parece, por ejemplo, convertir al Palacio de Bellas Artes en el escenario para honrar a un sujeto acusado de abuso sexual a menores y pornografía infantil, entre otros delitos. Y mucho más perjudicial me parece que para sacar adelante la 4T se tengan que hacer de lado los logros de la 2T, cuya principal consigna, y triunfo, fue la separación de las iglesias y el Estado. Ahora, que el Estado “use” a las iglesias para impulsar los objetivos de la 4T es preocupante y francamente vergonzoso. Así no Andrés Manuel, así no.

 

Alejandro Saldaña Rosas

Alejandro Saldaña Rosas

Doctor en Estudios Organizacionales por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y Académico e Investigador en la Universidad Veracruzana. Autor del libro Momentos de Gracia: Organizar lo Imposible (2009) y articulista en temas sobre estudios en gestión y gestión de empresas de base creativa.

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