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Políticas de censura: la quema de libros durante la dictadura en Chile

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Además de las políticas económicas y la represión, la dictadura de Pinochet también puso en marcha una férrea política cultural destinada a aniquilar la memoria y toda resistencia al nuevo régimen. 

La quema de libros se convirtió en una práctica normalizada durante la junta militar.  A pesar de que el golpe estaba dado con el apoyo de las armas y la bota militar, en el plano ideológico los cimientos construidos por Allende y el movimiento de Unidad Popular –el primero en Latinoamérica en llevar al poder a un presidente abiertamente declarado de izquierda– representaban la resistencia más reacia al régimen de Pinochet en Chile, un enemigo que según la junta, debía ser derrotado desde su base.

El Capital de Marx, El Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, o El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin fueron algunos de los primeros libros en arder. 

En 2013 en la Universidad de Chile se celebró el panel de conversación«La memoria de las cenizas: de libros y editoriales quemados y censurados en dictadura» a propósito de los 40 años del golpe que cambió la historia del país andino. En él, distintos académicos recuperaron la memoria de las distintas quemas de libros organizadas durante los primeros años de dictadura. 

La quema más significativa ocurrió el 23 de septiembre de 1973 (apenas doce días después del golpe a la Moneda) en las Torres San Borja, un conjunto de edificios altos al este del centro de Santiago. El evento fue cubierto por el Canal 13, considerado extraoficialmente como un medio aliado a la junta militar.

quema de libros

La difusión de la quema funcionó como un castigo ejemplar y provocó que cientos de personas que resistían al régimen iniciaran su propia quema de libros por temor a la represión, el encarcelamiento y la tortura del régimen de Pinochet. Otra de las quemas más masivas ocurrió en la Facultad de Medicina de la Universidad una vez que los militares tomaron el control de las instalaciones. 

También ardieron los textos de Pablo Neruda, poeta y militante que junto con Allende, contendió por ser el abanderado de la UP para las elecciones presidenciales de 1970. Neruda murió el mismo día que la primera quema de libros bajo circunstancias aún hoy desconocidas.

Invadidos por el miedo, la gente de a pie tuvo que buscar en su estantería y esconder aquellos títulos que consideraba, no se alineaban con el régimen en turno. De este acto se desprenden decenas de historias heroicas, que van desde ejemplares que sobrevivieron a la violencia en un sótano, tras una falsa pared, en un librero escondido o que pasaron de mano en mano, demostrando el poderío de las ideas frente a la bota militar.

Si bien quemar un libro es un acto que apuesta por la censura y tira del olvido para borrar la memoria;, la ignorancia en estos eventos alcanzó extremos insospechados: además de los textos más conocidos, otros libros que ardieron fueron aquellos tachados como rojos por los militares.

Entre ellos, un sinfín de textos que contenían la palabra “rojo” u otra que hiciera alusión a este color, aún cuando no tuvieran relación alguna con el socialismo. El grado de ignorancia fue tal, que todos los textos relacionados con el cubismo fueron destruidos con rabia por militares de todo rango, pues aseguraban, se trataba de un tema relacionado con Cuba.

En palabras de Isabel Jara, participante en el conversatorio y Doctora en Historia por Pompeu Fabra de Barcelona,  «(Se trató de) estrategias que tenían que ver con derrotar ideológicamente a la Unidad Popular, borrar la memoria de la Unidad Popular, la memoria no solo en términos de los libros, la memoria de la estética de la ciudad completa, la memoria de los cuerpos de izquierda, la operación de corte y limpieza, sacar los murales, una serie de dispositivos completos, en los cuales se inserta y hay que entender la política de censura sobre los libros. Y efectivamente ahí hay operaciones, líneas de discursos».