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Pobres, flojos y viciosos: prejuicios y estigmas en el debate público

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En un texto reciente en el que analiza la historia del concepto de igualdad desde la iconografía, Paul Deranty recuerda que para el filósofo francés Jacques Rancière la historia de la humanidad puede analizarse en la clave de la dialéctica entre igualdad y desigualdad. Aunque es verdad que durante siglos predominó la idea de que había una “jerarquía natural” entre los seres humanos” que justificaba el dominio de unos sobre otros, también es cierto que hubo momentos en los que los sectores plebeyos, reprimidos y sojuzgados, lograron salir a la superficie para apuntalar, por un breve intervalo de tiempo, la idea de igualdad como el principio fundador de la sociedad y la política.

 

A pesar de que en la modernidad la igualdad se ha postulado como uno de los principios centrales de la organización política, Rancière insiste en que esta tensión sigue formando parte vital de nuestras sociedades. Como afirma Deranty, en las democracias contemporáneas seguimos estableciendo distinciones entre quienes consideramos con los requisitos adecuados (tener dinero, cierta apariencia, cierta educación, el sexo adecuado, etc.) y quienes carecen de ellos.  Con todo, esta división entre aquellos que son parte de los recursos materiales y simbólicos comunes a todos y los que no son parte de ellos, o, como la denomina Rancière, esta forma de “repartir” el orden social, es siempre, en estricto sentido, injustificables desde el punto de vista de la razón.

 

En efecto, tener determinada apariencia, hablar cierto lenguaje, tener ciertas habilidades y no otras o haber adquirido cierta educación, no son razones suficientes para dejar fuera a las personas del “reparto social”. Sin embargo, es un hecho que en las sociedades modernas individuos y grupos siguen esforzándose en postular la existencia de desigualdades que, de una u otra manera, permiten justificar formas de dominación y de exclusión.

 

Así, por ejemplo, en La idea de la pobreza   Gertudre Himmelfare estudia la forma en la que se concebía a los pobres en Inglaterra durante los siglos XVIII y XIX recurriendo a los nacientes discursos de la economía política, a documentos legales y a la literatura de la época. La historiadora, muestra como autores tan importantes como Burke resaltaban la perniciosa “naturaleza” de los pobres a quienes, según él, sólo el trabajo duro y los bajos salarios podrían sacar de su viciosa constitución, una opinión compartida por otros célebres intelectuales como Malthus o previamente Hume.

 

Himmelfer cita como ejemplo la obra London Labour and the London Poor en la que su autor, Henry Mayhew, realizaba una suerte de “fisonomía moral” de los pobres. El periodista victoriano caracterizaba a los miembros de esta “raza errante” como sujetos con una disposición innata contraria al trabajo regular y continuo, individuos propensos al alcohol y henchidos por deseos de venganza. Mayhew incluso aventuraba una subdivisión de esta “raza” basada en sus rasgos físicos, mismos que vinculaba con su talante moral.

 

Desafortunadamente, esta tendencia a estigmatizar a los otros para justificar su situación de desventaja no es una vieja práctica superada. Incluso si nuestros sistemas de valores y nuestros principios jurídicos se sustenten en la idea de la igual dignidad de todo el género humana, siguen proliferando formas de justificar la existencia de grupos excluidos en el “reparto social”.

 

Desde luego que nuestro país no es una excepción en lo que respecta a la propagación de estigmas y prejuicios, tal como lo han mostrado los datos de las encuestas más recientes sobre discriminación. No obstante, tengo la impresión de que la narrativa igualitaria del actual ejecutivo, ha llevado a buena parte de sus detractores a recurrir a discursos cada vez menos encubiertos para denostar a los más desfavorecidos en aras de manifestar su desaprobación o descontento con el rumbo político del país.

 

En efecto, independientemente de la viabilidad de los programas sociales puestos en marcha en los últimos meses llama la atención la persistencia de una narrativa en el debate público que emula el rancio sabor de los discursos analizados por Himmelfer. Así, en pleno siglo XXI sigue vigente la idea de que los más desaventajados son propensos al vicio y que su situación refleja una disposición contraria al trabajo duro.

 

Sólo por dar un ejemplo, ante la noticia de que alumnos de primaria obtendrán una beca de 330 pesos por parte del Gobierno de la Ciudad de México, las reacciones de un sector significativo de la opinión pública han insistido en que los beneficiarios del programa utilizaran los apoyos para reproducir sus hábitos viciosos (Fig. 1)

Figura 1. Captura de pantalla de un comentario de Facebook de la nota “Entregarán 330 pesos de beca a nivel básico” publicada por el periódico El Universal.

 

 

De igual forma, en algunos grupos sociales persiste la idea de que las personas que se encuentran en una situación de precariedad económica o desventaja académica merecen estarlo debido a su falta de esfuerzo (Fig. 2). Esta idea se expresa incluso tratándose de niños de primaria a quienes se le suele calificar como “burros”, “flojos” e “irresponsables” por no obtener calificaciones de excelencia

 

 

Figura 2. Captura de pantalla de un comentario de Facebook de la nota “Entregarán 330 pesos de beca a nivel básico” publicada por el periódico El Universal

 

 

Con ello no quiero sugerir que los programas sociales del actual gobierno deban ser presentados como un ejemplo de justicia distributiva sino llamar la atención respecto a las dificultades de avanzar en una agenda centrada en políticas más igualitarias en un contexto en el que siguen teniendo fuerza discurso que legitiman la exclusión.

Nadie niega que las críticas a las políticas del actual gobierno son fundamentales en un sistema democrático, sin embargo, debemos cuidarnos de tirar al niño con la pileta de agua sucia confundiendo las diferencias legítimas con el desdén a una visión que, al menos en el discurso, ha puesto sobre la mesa  un compromiso con la igualdad como no se había visto en muchos años.

 

 

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Ricardo Bernal

Ricardo Bernal

Profesor Investigador en la Universidad La Salle. Doctor en Filosofía Moral y Política por la UAM-I con estudios de doctorado en la Universidad Paris VIII. Editor responsable de Logos Revista de Filosofía de la Universidad La Salle. Ha coordinado los libros El Derecho contra el Capital (Contraste, 2016) y Reconocimiento, justicia y paridad participativa (Parmenia, 2019).