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México prieto…

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México es racista. Muy racista.

Y lo es profundamente.

No hay que salir a las comunidades indígenas más apartadas del país, ni recorrer la sierra de Guerrero o los llanos de Jalisco, las montañas de Chiapas o Chihuahua, los valles oaxaqueños o huastecos, para entender ese profundo racismo ancestral, ese desdén insultante, esa tragedia.

No hay que ir a Santos Reyes Yucaná ni a Santa María Zaniza, en Oaxaca, considerados los municipio más pobres de México, para conocer sus efectos; ni a Aldama, Chanal o San Juan Cancuc, en Chiapas, ni a la sierra de Puebla, ni a los poblados miserables de Veracruz, Guerrero o Hidalgo, para entender sus consecuencias.

El racismo, el desprecio ancestral a la piel morena, a la lengua indígena, al ser indígena, está en todas nuestras calles y todos nuestros caminos, está en el¡prieto! ¡indio! ¡naco! ¡oaxaco! que viven en nuestro vocabulario de los insultos, instalados en los casilleros principales, en la punta de nuestra lengua.

La aspiración a ser güerito, a ser blanquito, habita nuestro subconsciente y es una rata blanca que corroe nuestra conciencia, nuestras actitudes cotidianas: primero está el blanquito, primero esta la güerita, porque blanco es bueno y prieto malo.

Nuestra sociedad mestiza es aspiracional: utiliza la blancura de la piel como un parámetro del éxito y la respetabilidad, como un parámetro de potencialidades.

Entre más moreno, menos exitoso. Entre más prietito, menos sofisticado.

Ser güerito supone que puedas llegar a ser el jefe, que puedas ser el líder, el fregón, el mero mero. Ser indígena jamás.

¿Ha visto usted a algún indígena dirigiendo una empresa trasnacional, piloteando un avión, gobernando una entidad, encabezando un banco?

¿Ha visto usted a algún indígena encabezando un noticiero televisivo en Televisa o Televisión Azteca? ¿O protagonizando una telenovela, un comercial, una película u obra de teatro? ¿Recuerda al último indígena que fue estrella nacional de la música?

Somos racistas. Profundamente racistas. Y hay que aceptarlo.

Aspiramos al blanqueamiento de nuestra mitad indígena, pero jamás a la indigenización de nuestra mitad blanquita.

Y esa realidad podrida, añeja, decimonónica, deviene en otro problema aún más grave: nuestro clasismo, nuestro profundo clasismo.

Ese privilegio tácito, irracional, que concede y da parámetros de valor a nuestras relaciones sociales: asociamos inmediatamente a las personas indígenas con una menor educación, menores capacidades y una mayor pobreza. Asociamos a las personas blancas con mayor educación, mejor trato social y una riqueza potencial.

La tez blanca nos remite a privilegio, éxito, belleza.

Discriminamos al pobre, al que se mueve en transporte colectivo, al que vive de los servicios públicos, y honramos al que trae coche nuevo, al que paga hospital privado, al que tiene dinero… aunque sea robado.

Ser pobre, ser obrero, ser humilde, significa tener menos valor como persona, menos posibilidad de ascenso social, menos capacidad.

Ser rico, ser acaudalado, ser influyente, significa tener más valor como persona, mejor posibilidad de ascenso, mayor capacidad.

Reconocerlo, asumirlo, entender sus matices, es una tarea que nos debería ocupar para alcanzar una sociedad más justa, menos desequilibrada, más equitativa.

Entender nuestros resortes racistas, nos permitirá reconfigurar nuestra escala de valores y transformarnos en una sociedad incluyente, sana, vigorosa, que erradique la variable del color de la piel o el origen étnico de sus escalas sociales.

México es prietito, morenito, tostadito.

Tenemos dentro sangre indígena y esa prietitud, esa mitad cobriza, esa piel tostada que nos heredó nuestro pasado indígena, también es poderosa, digna y bella. Muy bella.

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Rompeviento TV

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