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La debilidad de los grupos fuertes

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La locura es la excepción en los individuos, pero la norma en los grupos.

Friedrich Nietzsche

 

Hace más de cuarenta años Mark Granoveter escribió un artículo que a la postre se convertiría en un clásico del análisis de redes sociales: la fuerza de los vínculos débiles (http://www.redcimas.org/wordpress/wp-content/uploads/2012/08/m_MGranovetter_LAfuerzaDE.pdf). La hipótesis de Granoveter, dicha de manera muy esquemática, es que en una red social (y por favor no pensemos en Twitter, Facebook o Instagram, sino en la compleja urdimbre social), aquellos elementos (individuos, organizaciones) que se enlacen con otros de manera débil (debilidad establecida por la frecuencia e intensidad de la interrelación) tendrán mayor fortaleza que aquellas redes cerradas en sí mismas. En otras palabras: una persona que se identifica con pocos grupos o redes sociales (su círculo de amistades, pongamos), pero al mismo tiempo tiene relaciones con muchas otras, será una persona con gran fuerza precisamente por su mayor capacidad de vínculo. Pertenecer a varias redes o grupos, sin tener una identificación total o plena con ellos, es colocarse en una posición de fuerza, justamente la del vínculo débil con muchas redes. La fuerza de los lazos débiles deriva de su flexibilidad, de su pluralidad, de la diversidad de una red-sistema que le permite ampliar su rango de posibilidades de hacer frente a situaciones o problemas inesperados y por ende excepcionales.

Por la misma época, años setenta del siglo XX, Irving Janis publicó un texto que, al igual que el de Granoveter, se convertiría en un clásico en muchos ámbitos de las ciencias sociales: Groupthink: pensamiento grupal. (Traducción de Guadalupe Martínez Barquín y María Eugenia García Vega en Revista de Psicología Social, vol. 2, 1987, pp. 126-180). En este trabajo, Janis establece una hipótesis que, con el tiempo, se constataría en innumerables ocasiones: cuando en un grupo se instala una forma de pensamiento homogénea, la toma de decisiones erradas, fatales incluso, es altamente probable, si no es que ineludible. Lo irónico del punto es que para construir su identidad como grupo, los miembros pertenecientes al mismo conforman su opinión con arreglo a la mayoría. Si se quiere pertenecer a un grupo es necesario comulgar con los puntos de vista de la mayoría a fin de establecer consensos y, con ello, construir la realidad “oficial” para sus integrantes. De esta manera, el grupo se cohesiona, se fortalece, se solidifica, alejando o expulsando a quienes sostienen puntos de vista críticos o discordantes. Sin duda alguna es necesaria la cohesión para que los grupos logren sus objetivos, pero la alta cohesión genera sombras imposibles de observar para los integrantes del grupo. Los disidentes, los críticos, son expulsados del grupo.

Un grupo cohesionado, con metas y objetivos comunes, normalmente está altamente motivado y convencido de sus decisiones, más aún si hay otros grupos o fuerzas que amenazan al grupo y sus objetivos. Si las amenazas son reales o no, es lo de menos, se perciben como amenazas y el grupo se cierra en sí mismo.

De esta manera se entra en un ciclo de autoconvencimiento: cohesión-decisión-resultados-cohesión-decisión, etc., que reduce la ansiedad y eleva la autoestima de los integrantes, tanto en lo individual como en el grupo. No sólo se está convencido de que las decisiones del grupo son correctas, hay evidencias que así lo demuestran y eso fortalece la cohesión del grupo que sigue tomando decisiones que… etc. El problema es que las voces críticas, las opiniones disidentes, ya no están presentes para señalar posibles errores o yerros definitivos, con lo que la posibilidad de que el grupo tome decisiones equivocadas es más alta cuanto más cohesionado esté. De esta manera, es fácil entrar en una espiral de malas, de pésimas decisiones, que no se ven en el momento sino hasta que sus consecuencias son evidentes, o que se menosprecian trivializándolas (“no es para tanto”) o se adjudican a opiniones de grupos adversos.

La debilidad de los grupos fuertes es esa: no ven las fallas, los yerros de las decisiones tomadas y las consecuencias que generan.

Traslade usted las ideas expuestas a una organización, la que usted guste. Por ejemplo a un gobierno municipal, o estatal, o incluso al propio gobierno federal. Un gobierno en el que las decisiones políticas que se toman constantemente tienen amplias repercusiones en la población de un municipio, de un estado, de un país. Además, son decisiones que se toman bajo presión de grupos con diferentes y encontrados intereses; en este escenario la toma de decisiones es una tarea altamente compleja que, sin embargo, con frecuencia es simplificada en exceso, por ejemplo, mediante la expulsión de voces críticas y disidentes.

Día con día observamos que las voces discordantes de las opiniones mayoritarias de los grupos gobernantes son expulsadas, directa o indirectamente. Para no ir muy lejos, la salida de Carlos Urzúa de la Secretaría de Hacienda es un buen ejemplo. No solamente fue expulsado del grupo de gobierno, sino además ha sido acusado de “traidor”, “cobarde”, “neoliberal” y no sé cuántos epítetos más. En muy pocos meses, Urzúa pasó de ser un hombre de confianza del presidente (él lo puso en el cargo, antes habían trabajado juntos en el gobierno de la Ciudad de México) a poco menos que un apestado. Su “error” principal (de acuerdo con lo publicado en medios) fue hacer el Plan Nacional de Desarrollo (PND) con apego a la normatividad vigente y con base en su formación y experiencia profesional. Sin embargo, el resultado fue un documento técnicamente muy bien hecho, pero no fue del agrado del presidente, quien, a su vez, hizo su propio PND… y le anexó el de Urzúa.

Además, el presidente López Obrador hizo un llamado a los funcionarios de la secretaría hoy encabezada por Arturo Herrera a irse si no están de acuerdo: “Sí nos gustaría que los que están ahí agazapados, que vienen de tiempo atrás, que no comparten el proyecto nuevo, que no están a favor de la Cuarta Transformación, que quisieran que continuara lo mismo, pues en un acto de honestidad deberían de decir ‘ya me voy, esto no me gusta, no estoy de acuerdo’” (https://www.animalpolitico.com/2019/07/amlo-funcionarios-renuncias-calificadoras-gobierno/). Curiosamente, muchos de esos funcionarios de la Secretaría de Hacienda que “vienen de tiempo atrás” son los responsables del plan para reactivar la economía mexicana mediante la inversión de 485 mdp y el adelanto de las licitaciones programadas para el próximo año.

Si la ruta hacia la 4T es una sola, la que establece el presidente, es posible que las expulsiones (disfrazadas de renuncias) en el grupo de gobierno continúen y con ello su cohesión se fortalezca (y, por ende, sea un grupo más débil). Ahora bien, si las rutas hacia la 4T son diversas e incluyen la propia discusión sobre el contenido de esta transformación, entonces las voces críticas son imprescindibles; criticar a la 4T no es oponerse a la transformación del país, sino participar en el cambio desde otra perspectiva. La crítica enriquece, aunque el grupo de gobierno se sienta vulnerable o amenazado.

Con esto recupero las ideas de Granoveter expuestas al inicio de este texto. Si la debilidad de los grupos fuertes está dada precisamente por su cerrazón, la fortaleza de las redes en gran medida está dada por los lazos débiles, esto es, por la apertura a la diversidad. En esta tesitura, si el grupo quiere eludir el riesgo del pensamiento uniforme, estandarizado y homogéneo, debe ser capaz de pensarse inserto en una red más amplia como otro actor más, uno de suma importancia, sin duda, pero un actor más de la red. Si el grupo es sensible a las perspectivas y opiniones generadas más allá de sus narices, si el grupo tiene la capacidad para tomar el pulso de las redes (no sólo de las “benditas redes sociales”) y escuchar voces discordantes (y actuar en consecuencia), entonces es necesario que se piense como un nodo más de la red.

Si las rutas hacia la 4T son eso, caminos diversos, plurales, democráticos, es imprescindible que el grupo de gobierno y el líder que lo encabeza, el presidente Andrés Manuel López Obrador, sea sensible a los terribles yerros que implican decisiones que si bien en el papel son autónomas al gobierno federal, en los hechos de la real politik no son ajenos. La Ley Bonilla en Baja California y la Ley Garrote en Tabasco son dos ejemplos de pésimas decisiones tomadas por grupos cerrados en sí mismos, cuyas repercusiones a largo plazo pueden ser funestas para todos, comenzando con los miembros del grupo. Aún se está a tiempo de corregir. Aún es tiempo de escuchar a voces críticas dentro de la misma 4T, que han manifestado abiertamente (en Twitter) su oposición a la Ley Garrote, por ejemplo, el diputado Pablo Gómez, el periodista Pedro Miguel o el escritor Fabrizio Mejía. No se puede decir que sean “conservadores” ni “fifís”, simplemente han expresado su desacuerdo con una ley brutalmente represora.

La transformación del país es tarea de todas y todos, no de un grupo que, en su fortaleza, revela su debilidad.

Alejandro Saldaña Rosas

Alejandro Saldaña Rosas

Doctor en Estudios Organizacionales por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y Académico e Investigador en la Universidad Veracruzana. Autor del libro Momentos de Gracia: Organizar lo Imposible (2009) y articulista en temas sobre estudios en gestión y gestión de empresas de base creativa.