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El parto de la transformación

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Nueve meses después, como si de un parto se tratara, comienzan a ver la luz los primeros cambios que propone la realidad mexicana actual.

Analizarlos con seriedad, pero sobre todo con serenidad, eso que parecen haber perdido irremediablemente las oposiciones políticas y mediáticas, puede ser un excelente ejercicio de reflexión y también de rendición de cuentas.

 

Al arrancar el noveno mes de gobierno de Andrés Manuel López Obrador, los dos cambios más significativos están en el aspecto económico y en el rubro social.

En lo económico, sin duda destaca la muy severa y enfática reducción de la estructura, de todo el aparato gubernamental federal, como no se había visto en décadas.

Todas las dependencias, todas las instituciones, todos los programas gubernamentales han sido pasados por una tijera implacable, que ha eliminado, de tajo, miles de plazas burocráticas de todos los niveles, extirpando direcciones generales adjuntas, subdirecciones completas, organismos como ProMéxico y otros gastos operativos de toda índole, con especial poda en mandos medios y superiores obsoletos, duplicados.

 

Un apretón que sabe a asfixia, si se mira desde la lógica de las estructuras afectadas, pero que sabe a desintoxicación, si se considera su objetivo: consolidar un gobierno austero, verdaderamente austero, que opere eficientemente con la mitad o la tercera parte de los recursos con que operó los últimos 15 años.

Hay que recordar: Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto inflaron la nómina estatal con cientos, quizá miles de plazas duplicadas de niveles medio y superior, para apapachar a sus afines. Un derroche brutal. Grosero.

 

El otro rubro donde los cambios son palpables, es el social.

La construcción paulatina, pero irrefrenable, imparable, del nuevo Estado de Bienestar que plantea como objetivo primero el proyecto sexenal:

 

El Presidente ya anunció, con mucha claridad, que el presupuesto del año 2020 traerá la misma tónica que el actual, y que el gasto se concentrará, principalmente, en cuatro rubros:

 

Uno, rescatar a Pemex, con el proyecto de Dos Bocas como punta de lanza, y la reactivación de refinerías ociosas, para que a mitad de sexenio la petrolera sea otra vez competitiva y eficiente.

Dos, consolidar el Estado de Bienestar, con los programas sociales de apoyo a adultos mayores, personas que habitan en los focos rojos de la pobreza extrema, empleo para jóvenes y becas estudiantiles a todos los niveles, sobre todo en las zonas de alta y muy alta incidencia delictiva.

Tres, comenzar a edificar el nuevo aparato de salud pública, que habrá de conjuntar en un solo sistema lo que hoy está inconexo y disperso: IMSS, ISSSTE, Secretaría de Salud, Seguro Popular, Pemex, entre otros.

Y cuatro, concretar la conformación de la Guardia Nacional, con 130 mil elementos distribuidos, primero en los focos rojos de descomposición social derivados de la inseguridad y después en todas las regiones del país, hasta pacificarlo.

 

No comparto la histeria estridente de quienes ven en esto último una insipiente militarización de la vida nacional, pero creo que el gobierno federal sí está fallando, y mucho, en la forma en que comunica los pormenores de este plan, porque da pie a la diseminación de ideas erróneas y tergiversadas.

 

En nueve meses, México ha atestiguado una verdadera avalancha de cambios legales y también constitucionales de toda índole: con su mayoría legislativa, AMLO echó abajo el andamiaje jurídico de la perversa reforma hacendaria y de la aún más nociva y perniciosa reforma educativa. Se erigió a la corrupción como el enemigo público número uno y al huachicoleo y a los delitos electorales como actividades delictivas graves.

 

También se estableció un tope a los ingresos de servidores públicos, para que nadie gane más que el presidente, y se garantizó la protección social a parejas homoparentales, con respeto total por la diversidad y el ejercicio de las libertades.

 

¿Hay rubros pendientes? Sí: la total impunidad, hasta ahora, de los casos más graves de corrupción que se ventilaron en los juzgados nacionales, la falta de una política de apoyo y rescate de la cultura y las artes, durante décadas en las garras de un par de grupos dominantes; y sobre todo la negativa a impulsar una agenda de discusión nacional para aterrizar una nueva relación entre Medios y Gobierno, con reglas claras para el otorgamiento de publicidad oficial. Todo esto, pendientes significativos y no menores.

 

En nueve meses, como si se tratara de un parto, el gobierno ha logrado arrancar una buena parte de sus proyectos principales, hacer que vieran la luz, para que nosotros, los ciudadanos, los evaluemos y los sometamos a escrutinio permanente y total.

 

Son nueve meses de cambios de toda índole que, analizados con seriedad, pero sobre todo con sobriedad, nos dan pistas muy claras de cómo será este gobierno cuando López Obrador, el Presidente más poderoso desde Carlos Salinas de Gortari, se afiance en el poder y esté en posibilidad de ejercerlo de forma total, plena, como ocurre cuando se alcanza la mitad del sexenio.

 

Nosotros, nosotras, tenemos delante una tarea muy precisa: evitar, con nuestro escrutinio, nuestra mirada permanente, que este gobierno, al que 30 millones de personas le dimos nuestro respaldo, finalmente fracase, que no cumpla sus objetivos, que no transforme este país hecho pedazos y se parezca, con ello, a los sexenios fallidos, corruptos, ensangrentados e indolentes que le antecedieron. Y todos lleguemos a lamentarlo.

Luis Guillermo Hernández

Luis Guillermo Hernández

Periodista, candidato a Doctor en Comunicación y académico universitario, con 25 años de trayectoria profesional en diversos medios impresos, digitales y audiovisuales de México y diferentes países de Iberoamérica. Premio Nacional de Periodismo 2006. Premio de Periodismo Cultural 2011. Autor de Periodismo Literario. El arte de contar historias (2017).