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El juego del miedoso

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¿A qué juega el ex presidente Felipe Calderón?

 

Su presencia constante en medios, su diatriba permanente en redes sociales, pretenden crearle una imagen que en realidad no tiene: la de figura crítica sólida, real, en estos tiempos en que la oposición está desesperada por encontrar a alguien que pueda contrarrestar ese huracán mediático, categoría cien, llamado Andrés Manuel López Obrador.

 

Calderón critica ferozmente cada acto del gobierno actual, cada decisión, cada dicho. Pretende erigirse en cabeza de un grupo que en realidad sólo es un entramado de cuentas en redes sociales, muchas de éstas conglomeradas con bots, que tratan de posicionar una visión, un discurso, pero sobre todo una figura: la del ex presidente.

Pero Felipe Calderón tiene problemas. Y muchos.

 

Fuentes de primer nivel en el entorno del ex mandatario confirman que su intento de partido político, México Libre, no alcanzará, ni siquiera remotamente, la cuota de tres mil afiliados en veinte entidades, que demanda la ley electoral.

 

Tampoco está en condiciones de conformar una estructura nacional sólida, para convocar a las 232 mil personas afiliadas en 200 distritos electorales que, como mínimo, exige el INE para considerar su proyecto como un partido político de cara al proceso electoral de 2021.

Arrasado por la grisura incompetente de su esposa, Margarita Zavala, y huérfano de apoyos económicos o políticos reales, más allá del puñado de incondicionales que le siguen porque le debe favores, Calderón debió asumir el control personal de la creación del partido, ante el peligro inminente de abortar antes de parirlo.

 

Recompuso sus alianzas con medios y periodistas que fueron fieles voceros de su gobierno y echó mano de los pocos hilos que aún lo unen a grupos empresariales del centro y occidente del país, Querétaro, Michoacán, Estado de México, Guanajuato, Jalisco, Aguascalientes, para tratar de salvar su apuesta.

 

Pero… ¿a qué juega realmente el ex presidente Felipe Calderón?

Sus cercanos dicen que a dominar su miedo.

 

En indagatorias internacionales sobre el caso Odebrecht, esa red de corrupción tejida al amparo de millones derivados de los energéticos latinoamericanos, aparece recurrentemente el nombre de Calderón como responsable de abrir la puerta de México a los representantes de la petroquímica brasileña acusada de sobornar a funcionarios en todo el continente. No es un asunto menor. Ni trivial.

 

Más allá de la fotografía que registra la comida que en octubre de 2011 Calderón ofreció en Los Pinos a Marcelo Odebretch, pieza clave de una mafia de corrupción, hay evidencias precisas de que desde su gobierno se permitió el libre acceso de los empresarios energéticos en nuestro país, para negociar sobornos.

 

Y podría ser vinculado más profundamente. Como los expresidentes peruanos Pedro Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Alan García; como el exmandatario brasileño Michel Temer; como el expresidente colombiano Juan Manuel Santos; como el expresidente panameño Ricardo Martinelli.

 

Según fuentes extraoficiales, la Unidad de Inteligencia Financiera a cargo de Santiago Nieto, que investiga a profundidad la madeja de corrupción que se tejió en Pemex en el sexenio de Enrique Peña Nieto, también indaga desde el año 2006 las huellas de Odebretch en México, que hasta el momento no han arrojado órdenes de aprehensión. Pero arrojarán.

 

Con su intensa presencia mediática, dicen las fuentes, el ex presidente Felipe Calderón estaría buscando esa anhelada inmunidad política tan mexicana que a cada embestida judicial grita: “están politizando”, que a cada hallazgo de corrupción se santigua: “quieren politizar”. Que a cada revelación fehaciente de transa, cohecho o cochupo reza: “politizan”.

Dicen las fuentes de su entorno que es así. Que Calderón, el ex presidente de las cien mil muertes violentas, más que buscar el regreso a las tribunas del poder, vía la Cámara de Diputados, busca ese escudo protector que da los liderazgos políticos.

Que más allá de querer reelegirse, volver a la arena política, busca protegerse.

Que su presencia constante en medios, su diatriba permanente en redes sociales, más que pretender una nueva historia política, casi imposible de conseguir por el repudio social que dejó tras de sí, anhela una última oportunidad… no acabar en la cárcel.

Aunque quizá lo merezca.

Luis Guillermo Hernández

Luis Guillermo Hernández

Periodista, candidato a Doctor en Comunicación y académico universitario, con 25 años de trayectoria profesional en diversos medios impresos, digitales y audiovisuales de México y diferentes países de Iberoamérica. Premio Nacional de Periodismo 2006. Premio de Periodismo Cultural 2011. Autor de Periodismo Literario. El arte de contar historias (2017).