El México que perdimos

El México que perdimos

J. Jesús Esquivel
Corresponsal de la revista Proceso en Washington
@JJesusEsquivel
 

El México que perdimos

Washington – Serían cerca de las cuatro de la tarde, el “Chavalo” y Enrique estaban hambrientos. El cálculo era comprar un paquete de pan Bimbo y una lata de sardinas.

El presupuesto no daba para más, el dinero brillaba por su ausencia. El plan era llegar a Mazatlán y dormir en el “bocho” que tenía garantizado el combustible para llegar y regresar a Toluca.

Fueron cuatro meses de ahorro para poner al cien el “Jitomate Veloz” y después de la afinación a la que fue sometido distaba mucho de quedar varado en la carretera.

Faltarían unos 35 kilómetros para llegar al destino cuando el “Chavalo” observó la tienda del lado derecho. “A comer, que ya me rugen las tripas”, gritó exultante al momento que estacionaba el “Jitomate Veloz” al lado de la tienda y debajo de la sombra de unos árboles.

Al frente de la miscelánea y sobre unas tablas cubiertas con un mantel estaban los camarones más grandes que jamás habían visto en su vida. Como autómatas, parados al lado del manjar, los crustáceos eran algo imposible; pan Bimbo y una sardina, no había de otra.

La señora y el señor que se mecían sobre sus hamacas colgadas de las vigas del tejado de la tienda observaban con curiosidad a esos muchachos desaliñados y greñudos que, al sentirse objeto de curiosidad, entraron a la tienda.

En el pequeño mostrador estaba el exhibidor de Bimbo, pero no se veía el paquete de pan blanco rebanado. ¿No tiene pan Bimbo?, preguntó el “Chavalo” a la señora, que dejó la comodidad de la hamaca para atender a los clientes. “Se acabó, joven, y el repartidor pasa hasta pasado mañana”, contestó amablemente.

– Vienen del Estado de México, ¿verdad?, intervino el señor que seguramente desde su hamaca observó las placas que tenía puestas el “Jitomate Veloz”.

– Sí, de Toluca, contestó raudo Enrique.

– Está lejos, ¿verdad? ¿A dónde van?

– A Mazatlán, pero nos paramos a comer algo.

– ¿Son estudiantes?, preguntó la señora que se había puesto detrás del mostrador.

– Sí, estamos en la prepa pero nos vinimos unos días de vacaciones.

– ¿Qué van a estudiar?, ojalá para doctores; hay muy pocos y somos muchos los enfermos, comentó el señor en tono de broma.

– ¿Les gustan los camarones para pelar?, terció la señora.

– Claro, estos que venden están enormes, ¿a cómo los da?, dijo Enrique sonriendo, sentado sobre un banco de madera que estaba al lado de las hamacas, al tiempo que se prendía un Marlboro. Fumaba como chacuaco. No había lana para comer, pero para cigarros y gasolina, siempre.

– Los que se alcancen a comer, me pagan con el carrito.

– Híjole, no se puede, mejor denos una sardina, véndanos unas tortillas y, si puede, nos regala un poco agua, aunque sea de la llave, ya ve que a brincos cuesta bajar la comida, respondió Enrique.

– Que sardina ni que nada, jóvenes, ándenle, agarren los camarones. Si algún día regresan ya cuando sean doctores, me los pagan con una consulta. A ver si le ayudan a mi viejo con las reumas, ordenó la señora.

Esos son los camarones más grandes y deliciosos que he comido en mi vida y lo mismo dijeron el “Chavalo” y Enrique al día siguiente, después de que doña Licha y don Rigo nos invitaron a desayunar luego de habernos permitido pernoctar en su casa.

Felices nos enfilamos hacia Mazatlán en el poderoso y entrañable “Jitomate Veloz”, compañero fiel que nunca nos dejó tirados en ése ni en todos los otros viajes que hicimos por carretera para recorrer el México de doña Licha y don Rigo, el México que ya perdimos y que difícilmente volverá.

 

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1 Comentario

  1. CARMEN Tirado A

    Me recordó mi juventud. Todos los amigos y hermanos se iban así de vacaciones. Las jovencitas no éramos para eso, decían mis papás!

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