El otro lado de la violencia (Margensur)

El otro lado de la violencia (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas
Twitter: @alesal3 / Facebook: Alejandro Saldaña

 

El otro lado de la violencia

“La violencia no es sino una expresión del miedo”.
Arturo Graf

El sábado 23 de febrero acudí a la premier del cortometraje Sueños Fragmentados, de Tonatiuh García Jiménez. Se trata de la segunda incursión del músico en el lenguaje audiovisual, particularmente en el cortometraje, utilizando como recurso narrativo la partitura escrita por Silvestre Revueltas luego del asesinato del poeta Federico García Lorca. Implacable, dolorosa, rabiosa incluso, la música de Silvestre Revueltas expresa el sentir profundo que le causó el cobarde asesinato de García Lorca en manos del franquismo en pleno inicio de la guerra civil española. Tonatiuh García Jiménez acude a Revueltas para plasmar, en apenas 16 minutos, su reflexión estética sobre la violencia en nuestro país. El tema del cortometraje es la desaparición y asesinato, pero tratado con inteligencia, fineza, tacto y emoción. El trabajo de Tona (como lo conocen sus amigos y familiares) y del gran equipo que se sumó a su proyecto, me pareció impecable, implacable y con fuertes resonancias personales por cuanto a las locaciones que utilizó: espacios muy conocidos.

Durante el conversatorio que siguió a la proyección, en el que entre otras personas participó el Padre Alejandro Solalinde, me surgió la pregunta que da lugar al título de esta colaboración: ¿qué hay al otro lado de la violencia? Más que una pregunta sociológica o filosófica o de índole digamos un tanto abstracto, mi inquietud es más específica y relacionada a los recursos materiales. Me explico: en los últimos 20 años, aproximadamente, como sociedad hemos sido avasallados por la violencia, particularmente por la generada por los cárteles de las drogas, cuyo “modelo de negocio” ha estado articulado desde el poder político. Ahora sabemos que la violencia de los cárteles está vinculada no sólo al trasiego de drogas, sino también a la trata de personas, al robo de combustible, a la extorsión, al secuestro, la pederastia, la prostitución, el tráfico de medicamentos, el lavado de dinero y vaya usted a saber cuántos otros delitos. En esta paleta de colores delincuenciales hay una constante: los tres ámbitos de gobierno (federal, estatal y municipal) y los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) sin cuya activa participación el fenómeno de la violencia sería impensable.

La violencia llegó a nuestros pueblos, a nuestras ciudades, a nuestras calles, escuelas, plazas, oficinas y centros comerciales. En estas circunstancias, salir de la espiral de violencia exige desde luego voluntad política (que no ha habido en todo ese tiempo), pero también dinero, mucho dinero… y criterios para asignarlo, estrategias de focalización, metodologías para evaluar sus resultados, etc. En otras palabras, políticas públicas orientadas a eliminar la violencia a efecto de construir una nueva paz en el país (no aquella “paz” de los años setenta del siglo pasado, con terribles desigualdades e injusticias).

Se necesita mucho dinero, sin duda, y políticas públicas construidas en ejercicios de amplia participación ciudadana con la colaboración de expertos en la materia. Las políticas públicas que se están construyendo para construir la nueva paz que el país requiere, no pueden hacer caso omiso de los contextos particulares de cada estado, de cada municipio, de cada región, de cada pueblo y ciudad. Para ir al otro lado de la violencia no hay una ruta única ni formatos preestablecidos: todo está por hacer.

Hace un par de años, Hugo Almada Mireles, académico y activista por los derechos humanos en Ciudad Juárez, impartió una conferencia en Xalapa. Relató lo complicado que había sido -que sigue siendo- para los activistas trabajar en la zona fronteriza por la falta de personal con perfiles apropiados para, por ejemplo, levantar encuestas socioeconómicas, hacer trabajo de campo en colonias y comunidades, impartir talleres de arte y creatividad, etc. Comentó que una de las carencias de la ciudad (Ciudad Juárez) era la relativa falta de profesionistas de las ciencias sociales (carencia que se ha ido superando, hay que decirlo), de artistas con experiencia en trabajo comunitario, de activistas y organizaciones civiles, entre otras necesidades, para transitar hacia el otro lado de la violencia. En esa conferencia comentamos con Hugo que, a diferencia de Ciudad Juárez, en Xalapa hay un montón de gente con enorme talento y capacidad para trabajar, desde las ciencias sociales, la cultura, la filosofía, la lingüística, la poesía, la danza, el teatro, etc., en colonias y comunidades para iniciar el largo proceso para ir al otro lado de la violencia. A partir de esta anécdota y a la luz del cortometraje de Tonatiuh García, me surgen algunas preguntas que comparto con usted, amable lectora, amable lector:

¿Cuáles son los recursos de que dispone el país para transitar al otro lado de la violencia? ¿De qué tipo son? ¿Cuáles son los territorios más desprovistos de recursos de paz? ¿En qué regiones de cada estado del país es necesario canalizar más recursos económicos (capacitación, infraestructura, divulgación, etc.) para ir al otro lado de la violencia?

Hasta donde conozco, en el país no existe una suerte de inventario de recursos, capacidades y habilidades para transitar hacia el otro lado de la violencia. No sabemos cuántos abogados expertos en derechos humanos necesitamos; tampoco sabemos cuál es la demanda de antropólogos forenses; no tenemos idea de los y las artistas que están trabajando en comunidades y colonias a favor de la paz; tampoco hemos identificado cuántos expertos en salud mental requerimos en cada región del país (terapeutas, psiquiatras, psicólogas, etc.). Estas, entre muchas otras, son carencias que debemos identificar a fin de construir las políticas públicas pertinentes que nos permitan transitar hacia el otro lado de la violencia.

En Veracruz, en Xalapa en particular, tenemos enorme talento y capacidad, pero no existen los dispositivos para identificarlo y potenciarlo. El cortometraje de Tonatiuh García Jiménez se inscribe en esta perspectiva: el arte como lenguaje -y quizás como herramienta- para contribuir al viaje colectivo hacia el otro lado de la violencia.

 

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