Migración, aguas negras y huachicol (Margensur)

Migración, aguas negras y huachicol (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas

Twitter: @alesal3 / Facebook: Alejandro Saldaña

 

 

 

Migración, aguas negras y huachicol

 

Tlahuelilpan, municipio donde ocurrió la fatal explosión que cobró la vida de cerca de ochenta personas el pasado viernes 18 de enero, es parte del Valle del Mezquital en el estado de Hidalgo, región que históricamente ha sido una de las más pobres y excluidas del país, habitada en un alto porcentaje por pueblos originarios hñähñús (comúnmente llamados otomíes).

Al igual que en otros territorios con alta densidad de población indígena, las oportunidades de educación, empleo, salud, vivienda y bienestar son muy limitadas, sino es que francamente nulas. En los pueblos y comunidades de esta región privan la desnutrición, el analfabetismo, las enfermedades prevenibles y en general la exclusión social, sobre todo hacia las mujeres, que no exclusivamente. Una de las pocas opciones que tenían los jóvenes de la región para prosperar era el magisterio, pero desde hace 10 años la Normal Rural Luis Villareal, mejor conocida como “El Mexe”, fue clausurada y con ello la alternativa de vida para muchos pobres quedó cerrada; en las instalaciones de la Normal “El Mexe” funciona actualmente la Universidad Politécnica Agropecuaria.

La economía del Valle del Mezquital está basada en la agricultura, el comercio y en menor medida en el turismo, debido a los diferentes balnearios que se ubican en algunos municipios. El clima seco y la tierra árida hacen que la productividad del trabajo agrícola sea escasa, los salarios magros y la pobreza creciente. Sin embargo, desde hace varias decenas de años la agricultura empezó a repuntar a partir de la introducción del riego mediante el distrito de riego del río Tula que “aprovecha” las aguas negras provenientes de la zona metropolitana de la Ciudad de México; esto significa que miles de campesinos y sus familias viven, literalmente, de la mierda chilanga.

La producción de maíz, alfalfa, trigo y diversas hortalizas es fundamental para le reproducción de la economía campesina del Valle del Mezquital, por lo que la utilización de las aguas negras resulta indispensable (pese a las muchas enfermedades que padece la población); desde 2016 el abasto de aguas negras ha descendido sustancialmente debido a la puesta en marcha de la Planta Potabilizadora de Aguas Residuales en Atotonilco, lo que ha dado lugar a fuertes protestas campesinas (https://www.jornada.com.mx/2018/01/28/estados/023n1est#). Irónicamente, vivir del riego con aguas negras es más redituable en términos productivos que utilizar agua tratada.

La otra fuente de ingresos para las familias de esta región han sido las remesas. Si bien los habitantes del Valle del Mezquital tienen una larga tradición migrante hacia los centros urbanos del país, no es sino hasta los años ochenta del siglo pasado que su movilidad en busca de trabajo fue más allá de las fronteras. Al igual que en otras regiones del país, en el Valle del Mezquital la migración hacia los Estados Unidos ha respondido más que a decisiones individuales, a estrategias familiares en las que las redes de apoyo son determinantes. El trabajo agrícola quedó bajo la responsabilidad de mujeres, viejos y niños y niñas, al tiempo que los jóvenes emprendían el viaje hacia el norte siguiendo los pasos de sus padres, sus hermanos, primos, compadres y paisanos.

A partir de los años ochenta y particularmente en la década de los noventa el paisaje del Valle del Mezquital se empezó a poblar de enormes antenas parabólicas que muchas veces daban sombra a pollos, gallinas, puercos y perros que deambulaban afuera de las viviendas aún en obra negra. Los dólares cambiaron los patrones de consumo, los modos de vida y las expectativas de la población, además de las parabólicas es común ver en la región camionetas y autos con placas de EU. Quien haya recorrido los pueblos y ciudades del Valle del Mezquital habrá visto que muchos vehículos tienen placas de Florida, de Texas, de Carolina, etc. Inclusive en Ixmiquilpan prácticamente todo el sistema de transporte público (colectivos o peseros) lo integran camionetas traídas desde los EU por vía legal o bien “chocolatas”.

El anterior es parte del contexto en el que ocurrió la tragedia de Tlahuelilpan. Sin la normal rural del Mexe, con una disminución del 50% del agua (negra) utilizada para el riego en los secos campos de la región, con el virtual cierre de la frontera derivado de la era Trump, es evidente que para los habitantes las oportunidades para prosperar, e incluso tan solo para sobrevivir, son muy pocas. En este escenario, el crimen organizado encuentra las mejores condiciones para operar con pleno respaldo de la comunidad.

¿Cómo llevar alimento, escuela y medicinas a casa cuando el viaje al norte se ha vuelto imposible? ¿Qué opciones hay cuando no se puede vivir ni de la mierda de las ciudades?

No justifico en lo absoluto el robo de combustible que detonó el accidente y la lamentable muerte de tantas personas, simplemente expongo parte de las circunstancias que están detrás de la tragedia. No son las únicas, desde luego, hay que añadir el inocultable contubernio de ejecutivos de Pemex, de trabajadores atrincherados en su corrupto sindicato liderado por el jefe del cártel del huachicol Carlos Romero Deschamps, de autoridades municipales, estatales y federales que durante años han solapado –y alentado- este delito, a sabiendas de los enormes riesgos que implica.

En la cadena criminal de responsabilidades en el robo de combustible, el eslabón más débil son los más pobres. Ellos ponen los muertos.

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