México: clases, castas y patriarcado (Margensur)

México: clases, castas y patriarcado (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas

Académico. Director de Desarrollo Económico del H. Ayuntamiento de Xalapa, Ver.

Twitter: @alesal3 / Facebook: Alejandro Saldaña

 

México: clases, castas y patriarcado

La dominación capitalista se basa en la explotación del trabajo asalariado por medio de relaciones entre seres humanos formalmente iguales. La dominación colonial se basa en la relación jerárquica entre grupos humanos por una razón supuestamente natural, ya sea la raza, la casta, la religión o la etnia. La dominación patriarcal implica otro tipo de relación de poder pero igualmente basada en la inferioridad natural de un sexo o de una orientación sexual.  Boaventura de Sousa Santos

 

Hace muchos años una mujer francesa me hizo un comentario que me dejó sin habla: ante lo evidente no supe que decir. Me dijo: “en México no he visto pobres rubios, son todos morenos; tampoco he visto mujeres pobres de piel clara y rubias”. El comentario viene a cuento por el alboroto en redes y medios que causó la ex Senadora Mariana Gómez del Campo por un tuit que publicó hace unos días.

El tuit de Mariana Gómez del Campo fue altamente ofensivo por clasista, por racista. A decir verdad, el responsable del insulto es un caricaturista que firma como Osvaldo Monos quien dibujó dos perros, uno blanco con corte de pelo de estética canina, el otro negro y desaliñado; los dibujos fueron acompañados del texto: “En México hay… Fifí de raza y Fifí de ocasión”. Brutal: expresión de un país profundamente escindido en clases y en castas, quinientos años después de la invasión española e inmerso en una espiral de violencia cuyo único símil es precisamente la conquista. Mariana Gómez del Campo tuiteó desde el prejuicio, desde lo más rancio de la estirpe panista excluyente y racista, desde un humor construido sobre la ofensa al pobre, al indígena, al excluido. Con su “broma” (que ni siquiera puede presumir como suya) la ex Senadora dejó escurrir todo su odio de clase, su enfermiza presunción de alcurnia, su decidida vocación antidemocrática, su diminuta estatura en la escala humana.

Y porque se trata de una broma, de humor simplemente, de banalidad sin aparentes mayores pretensiones, el cartón del tal Osvaldo y el festejo retuitero de Mariana Gómez del Campo es todavía más procaz, más insultante, más imbécil. Si el humor es signo de inteligencia, sólo los idiotas festejaron la caricatura reproductora de lo peor de este país: el racismo y su hermano de sangre, el clasismo. Alarma que la risa bobalicona y babeante persista en mucha gente que no ha entendido que este país está cambiando no hoy, no ayer, mucho antes: al menos hay cinco referentes previos que indican que en el México Profundo (Guillermo Bonfil dixit) la resistencia es sólida e indeclinable: i) la guerrilla de los años sesenta y setenta, con Genaro Vázquez y Lucio Cabañas a la cabeza; ii) los movimientos campesinos e indígenas de los años ochenta y noventa con la CNPA como la expresión más conocida, que no la única; iii) la insurrección zapatista de 1994 y el amplio movimiento a que dio lugar en prácticamente todo el país y en el mundo; iv) la lucha por los derechos humanos y la inclusión de las “minorías” en el proyecto nacional; v) la elección del 1º de julio de 2018 y su mandato decididamente incluyente, popular y democrático.

En México las clases y las castas se corresponden con una precisión atávica desde hace cientos de años. Es una realidad cuya elocuencia nos pasa inadvertida y solamente los ojos de algún extranjero nos hace ver la contundencia de la exclusión: en nuestro país los ricos son mayoritariamente blancos y con años de escolaridad (que no es lo mismo que educados), mientras que los pobres son indígenas, “prietos” y con escaso nivel de estudios. A esta desigualdad hay que añadir que la distribución de la opresión no es la misma para las mujeres que para los hombres: a la explotación de clases se suma la exclusión de castas y aún más, la opresión patriarcal.

Boaventura de Sousa Santos lo ha dicho con toda precisión en el epígrafe que abre esta columna: la explotación económica capitalista requiere de la dominación colonial de la raza y de la dominación patriarcal sobre la mujer. El capitalismo se sostiene en esta triada: explotación económica de clase, dominación basada en privilegios de castas y dominación patriarcal sobre las mujeres. Si quitamos al menos uno de los ejes de esta triada, el capitalismo trastabilla y quizás incluso pierda piso y se derrumbe. No lo sé, quizás la ecuación es más ilusa que factible.

Lo que es cierto es que la Cuarta Transformación encabezada por el Presidente electo Andrés Manuel López Obrador no puede hacer mutis de la triada clase, casta, patriarcado. Sin duda alguna que la reivindicación democrática que implica la supeditación de fueros y privilegios al imperio de la ley es imprescindible, más aún cuando la recuperación de la vida institucional pasa por la erradicación (progresiva, supongo) de la corrupción en todos los ámbitos de gobierno, sin embargo, en mi opinión el cambio que el país requiere exige nuevos códigos para pensarse a sí mismo.

Insistir, desde el lado que se quiera, en un México “fifí” y en otro “raspa”, “chairo” o como se le quiera llamar no es el mejor camino hacia la Cuarta Transformación. La exclusión se construye en doble vía: desde la perspectiva del opresor, pero también desde la mirada del oprimido. Tampoco implica olvido al agravio ni perdón a la segregación, sino la construcción de nuevas estructuras de producción económica, cultural, jurídica, política y simbólica, esto es, nuevos lenguaje que vehiculen pautas de convivencia social ancladas en otros referentes.

El México patriarcal de clases y castas no va a cambiar por decreto, ni por un gobierno honesto carente de corrupción, ni porque se impulse la autosuficiencia alimentaria, la soberanía petrolera o la austeridad republicana. Pero sin estas medidas (y muchas otras) la transformación del país es completamente imposible. La ex Senadora Mariana Gómez Martín del Campo quizás tuvo su último flashazo publicitario en el infame tuit al que se sumó. En muy poco tiempo nadie se acordará de ella, ni del monero ese, ni del dibujo. Más complejo será borrar del tejido social el racismo, la exclusión y el patriarcado.

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