Todos quieren ser narcos

Todos quieren ser narcos

J. Jesús Esquivel

Corresponsal de la revista Proceso en Washington

@JJesusEsquivel

 

Todos quieren ser narcos

 

Washington – Cuando dije en una presentación de mis libros que en México nos habíamos acostumbrado a los muertos, me llovieron los insultos y descalificaciones. Ahora que se termina este “Sexenio de la Corrupción y la Sangre” de Enrique Peña Nieto, lo ocurrido en el “Sexenio de la Muerte” de Felipe Calderón era un preludio de lo que sería y es nuestra realidad; una nación bárbara e indolente.

Cuando leo a los articulistas y columnistas que ahora denuncian la tragedia y que no se atrevieron a hacerlo cuando por responsabilidad cívica lo debieron hacer y que por el contrario se unieron a imponer un estado de negación, se me viene a la mente aquel país que fuimos. Un pretérito hueco en el que los niños deseábamos emular a los súper héroes de las caricaturas y las series gringas o japonesas que se dedicaban a luchar contra el mal para imponer la paz y la justicia. Queríamos ser Superman, Batman, El Hombre de Acero, Súper Ratón, Popeye El Marino, Ultraman, Custer, Cowboy en África… en fin.

¿Quiénes somos ahora? La república de los narcos a quienes por anomalía cultural en corridos los pintan como insigne bandolero al que se le debe perdonar todo, porque lo persigue un gobierno corrupto y traicionero; el malo de la película, pues.

Los pueblos del país perdido eran acogedores, transparentes y vivo reflejo de nuestro crisol cultural mundialmente admirado y conocido.

El mexicano era todo un territorio de pueblos mágicos.

La descomposición que arrancó con la lucha militarizada contra el narcotráfico de Calderón y que como con calca siguió Peña Nieto, la que ahora denuncian los “periodistas” que por no ser “amarillistas” callaron sus plumas cuando debieron gritar lo que ahora claman, nos tiene en sus manos; acostumbrados a los muertos y a tantos que hasta los esconden y guardan cajas de tracto camiones de transporte de carga.

Las poblaciones que se nos fueron están contaminadas. Los pueblerinos y pequeños cacicazgos por poder económico e influencia política, fueron reemplazados por el rugir de las balas que acompañan a las drogas ilegales. “Es que no hay de otra”, dicen la gente indolente a la que ya nada le sorprende por la impotencia e indiferencia gubernamental.

Lamentamos tantos muertos, secuestrados, desaparecidos y atracos en las calles pero toleramos lo torcido. Como nos pintó Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, somos sinónimo de ironía. En esos pueblos olvidados; en todos y en cualquier festejo es indispensable el narcocorrido, la apología de criminales desalmados interpretada con música escandalosa que se baila en bodas, quince años y bautizos.

Los niños se saben de memoria esos abominables corridos y ante la falta de un futuro y de salvadores del mal gobierno, todos quieren ser narcos.

Manejar ‘trocones’ (¿cuándo perdimos nuestro idioma?), tener viejas buenas, el cuerno y el polvo. Eso es lo que quiere y pretende la nueva generación a la que muchos llaman de los ‘ninis’ y… es que no hay de otra; la Hormiga Atómica no existe, como sí existe “El Chapo”, “El Mayo” y “El Mencho”; de los que la gente canta y baila sus ‘rolas’.

Related posts

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *