Posneoliberalismo y desarrollo (Margensur)

Posneoliberalismo y desarrollo (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas

Sociólogo. Profesor investigador de la Universidad Veracruzana

Twitter: @alesal3 / Facebook: Alejandro Saldaña

 

 

Posneoliberalismo y desarrollo

 

 

El triunfo en las urnas de Andrés Manuel López Obrador y el MORENA abre una nueva etapa en la historia de México al cerrar los treinta infaustos años del neoliberalismo impuesto a rajatabla a partir del fraude electoral de Carlos Salinas de Gortari en 1988. Han sido los peores treinta años en la historia moderna del país (de la posguerra en adelante), en los que la globalización pasó una factura muy cara a México: pírrico crecimiento económico, inmensa depredación ambiental, brutal incremento del endeudamiento público (acicateado por el rescate carretero, el Fobaproa y la debacle de los fondos de pensiones), expansión del narcotráfico y el crimen organizado (sobre todo de los delitos de cuello blanco), privatización de sectores estratégicos, nula o escasa movilidad social asociada a la escolaridad y el emprendimiento, incremento de la pobreza al mismo tiempo que concentración de la riqueza en unas cuantas familias. Los saldos del neoliberalismo en México no son para presumir, mucho menos ante la OCDE en la que nuestro país es el invitado que, pese a peinarse de copete engominado, desmerece.

En países de América del Sur, después de las dictaduras militares y los gobiernos de transición, hubo un viraje a la izquierda con proyectos que buscaron fortalecer al Estado frente al capital sin que ello implicara salir de las estructuras capitalistas ni enfrentarse radicalmente a las corporaciones trasnacionales; por el contrario, en no pocas experiencias se revitalizó al capitalismo globalizado mediante la mayor eficiencia en el sector público, la distribución del ingreso con mayor equidad para buscar la expansión del mercado interno, el proteccionismo a ciertas actividades productivas (agrícolas sobre todo) y además con el aliento de las fuerzas democráticas y populares que encontraron respuesta a algunas de sus demandas: empleo, créditos a pequeños y medianos empresarios, apoyo a la agricultura colectiva, respeto a las minoría étnicas, entre otras.

Con menor o mayor éxito, Argentina, Brasil, Uruguay, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Chile y prácticamente todas las naciones del Cono Sur transitaron por esta vía, al alero de gobiernos menos autoritarios que sus antecesores (si bien muchas veces marcados por el hierro de la corrupción) y con no pocos ni menores éxitos en materia de igualdad y justicia social. Hay que subrayar que no fueron proyectos alternativos al capitalismo neoliberal, eso está muy claro y las evidencias así lo indican. La región ha registrado avances notables en materia de salud, educación, vivienda, empleo y democracia pero frente a los enormes rezagos, los logros resultan exiguos. Las experiencias posneoliberales en América del Sur y Central han dejado grandes aportaciones (como la legalización de la cannabis en Uruguay, o la suspensión del embarazo en Argentina, por ejemplo) pero también muchas y profundas evidencias negativas: la violencia que no decrece en Colombia, Honduras y sobre todo en México, por mencionar algunos casos paradigmáticos.

Es el turno de México. Quién suponga que AMLO va a impulsar un proyecto de tipo socialista con nacionalizaciones, control de cambios, estatización de empresas estratégicas y freno a la inversión privada está equivocado, así que guárdense sus ignorantes y ofensivas puyas de absurdos paralelismos venezolanos. Pero quién suponga que AMLO va a regresar a las fórmulas de los años setenta al estilo de Echeverría (modelos “populistas” les llaman a falta de rigor en el análisis) están aún más equivocados. Que los primeros mensajes del Presidente electo hayan sido dirigidos a los inversionistas y empresarios no es casual y los mercados financieros así lo han entendido con su respuesta: el peso vive sus mejores momentos desde hace siete años. AMLO ha procurado dar confianza a los mercados y los inversionistas para evitar una desestabilización e incertidumbre que a nadie beneficia.

México no va rumbo a una economía cerrada, pero tampoco puede continuar por el camino del neoliberalismo de los últimos treinta años. La disyuntiva: globalistas versus nacionalistas, es errónea por cuanto son mutuamente excluyentes en modelaciones matemáticas sin base (o endeble) empírica, pero no en los procesos económicos, sociales y políticos concretos. Ningún país ha sido globalizado al punto de borrarse como tal en el mundo de las transacciones económicas y los referentes culturales concretos, ni tampoco existe país alguno que se haya cerrado al punto de implosión de tanto mirarse el ombligo. México se inscribe en el concierto de las naciones como un país más (de enorme relevancia geoestratégica, por cierto) que trata de ajustarse, con arreglo a sus propias instituciones, al posneoliberalismo y busca sus propias pautas de desarrollo.

El proyecto de nación de López Obrador ofrece muchas propuestas que en conjunto son un desarrollo alternativo al modelo neoliberal de los últimos treinta años. En este sentido México se inscribe en la ruta transitada hace pocos años por muchos países de América Latina: llegamos un poco tarde, pero llegamos. No hay nada que ocultar ni nada que matizar: las ideas de AMLO en materia económica, social, educativa, cultural, energética, medioambiental, etc. representan consistentes y viables propuestas de desarrollo alternativo al modelo neoliberal hegemónico –y corrupto- de nuestro país. La construcción de las refinerías, por citar un ejemplo, se perfila en esta perspectiva.

Posiblemente la veta más rica e interesante de estas alternativas al desarrollo neoliberal sea el empoderamiento ciudadano necesario para ocupar los espacios dejados por el estado y por el capital. La sociedad civil está llamada a movilizarse para irrumpir organizadamente en los espacios que el estado abandonó desde hace muchos años y en los que el capital no ha querido –o no ha podido- invertir sin corrupción. Transporte público, gestión del agua, gestión de residuos sólidos, mercados locales sustentables, cuidado de niños y viejos, salud comunitaria son algunos de los espacios que poco a poco la sociedad va ocupando ante la negligencia del estado y el desinterés del capital. Con todo lo loables de estas iniciativas, sin embargo hay que reconocer que muchos críticos tienen razón: son garbanzos de a libra que no en pocas ocasiones refuncionalizan y eficientan al capitalismo neoliberal.

El problema es enormemente complejo por cuanto no se trata de construir modelos de desarrollo alternativo, sino de alternativas al desarrollo. Se trata de no dar continuidad a proyectos fracasados a través de propuestas alternativas, sino de construir alternativas a esos proyectos. Se trata de dar un giro radical para no insistir en el desarrollo sino en las alternativas al mismo. Esta tarea no está en manos de AMLO ni de ningún gobierno, sino de la capacidad colectiva para imaginar y construir –organizadamente- alternativas posibles y eficaces.

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