10 de junio: entre el halconazo y los aranceles

10 de junio: entre el halconazo y los aranceles

Alejandro Saldaña Rosas


Twitter: @alesal3 / Facebook: Alejandro Saldaña

 

 

10 de junio: entre el halconazo y los aranceles

 

Por lo que puedo decir el enfrentamiento mexicano ha terminado, por ahora, prácticamente casi a lo largo de las líneas del NAFTA/UMSCA: Trump resopló y se quedó sin aliento, los negociadores estadounidenses lograron transmitir el mensaje de que una guerra comercial sería un desastre, y básicamente se rindió fingiendo que ganó

Paul Krugman. Premio Nobel de economía.

 

El 10 de junio de 1971 es una de las fechas más dolorosas en el calendario de las luchas democráticas en nuestro país. Ese día fueron reprimidos con furia miles de estudiantes que se manifestaban en el entonces Distrito Federal en apoyo a los compañeros de la Universidad de Nuevo León y por un conjunto de libertades democráticas: contra los porros, por presupuesto para la educación superior, por la libertad de presos políticos, entre otras demandas. La mayoría de los estudiantes que se manifestaron pertenecían al IPN, a la Normal de Maestros, a la UNAM y algunos de Chapingo. A menos de tres años del 2 de octubre de 1968, el régimen volvió a mostrar las fauces y masacró nuevamente a cientos de jóvenes, amas de casa, trabajadores, adultos mayores, pero en esta ocasión no a través del ejército sino del grupo paramilitar conocido como Los Halcones. Se desconoce el número de muertos, pero diversas fuentes señalan no menos de 120, muchos de ellos sacados de los hospitales y clínicas a las que habían sido llevados para atender sus heridas.

            Con el paso de los años se ha demostrado lo que en su momento se denunció ante el mundo: los Halcones, jóvenes ex militares, ex policías, porros y golpeadores reclutados en los barrios marginales de la ciudad, fueron entrenados por militares mexicanos, por instrucciones del gobierno priista de Díaz Ordaz primero y luego de Luis Echeverría, con la venia y el asesoramiento de los Estados Unidos (https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB91/proceso0603.pdf). Los cabecillas del grupo paramilitar fueron enviados a EU a recibir entrenamiento, tal y como lo informó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP): “Hacia el 8 de marzo de 1971 se enviaron a cinco miembros del grupo Halcones a Washington: 1.-Teniente Javier Castellanos Agüero, 2.-Teniente José L. Ponce Lara, 3.-Teniente Moisés Cuauhtémoc Guzmán Torres, 4.-Agente Manuel Díaz Escobar Celorio, 5.-Agente Daniel Rubio Cabrera. (…). El 17 de abril salió un segundo grupo: 6.- Teniente de artillería Francisco Ricardo Villaseñor Mota 7.- Teniente de caballería Juan Gordillo Bravo, 8.- Teniente de artillería Antonio Mercado Domínguez, 9.- Agente Bernabé Reyes Muñiz, 10.- Agente Adolfo Rosas Durán, 11.- Agente Ricardo Pérez Reyeros. (…) Posteriormente fue enviado un elemento más: 12.- Teniente Fernando Ugalde Uribe (https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB180/040_10%20de%20junio%20de%201971.pdf).

El surgimiento y actuación de los Halcones se explica, no se justifica, en el contexto de la Guerra Fría y la injerencia evidente del gobierno de los Estados Unidos en nuestro país. La desclasificación de archivos ocurrida a lo largo de los años evidencia inclusive que al menos tres presidentes mexicanos: Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez fueron trabajaron para la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos https://www.reporteindigo.com/reporte/los-3-presidentes-mexico-trabajaron-la-cia/

Cuarenta y ocho años después de la matanza del Jueves de Corpus ese, como tantos otros crímenes, permanece en la impunidad. A pesar de las evidencias que señalan al gobierno federal como culpable de la masacre y que semanas posteriores al 10 de junio renunciaran el entonces jefe de la policía del Distrito Federal Roberto Flores Curiel y el Procurador General de la República, Julio Sánchez Vargas, el presidente Luis Echeverría Álvarez (aún con vida) negó toda implicación y aseguró que se trató de un “enfrentamiento entre grupos estudiantiles” (https://www.proceso.com.mx/185772/10-de-junio-de-1971). En las antípodas de la impunidad está la verdad y ésta, pese a los obstáculos y los intereses en juego, se ha ido abriendo paso. Faltan muchos detalles y enjuiciar a los culpables, vivos o muertos, pero al menos ahora sabemos que la masacre del 10 de junio de 1971 fue perpetrada por el servil gobierno mexicano a través de un grupo paramilitar, atendiendo las expectativas y exigencias del gobierno (no de los ciudadanos) de los Estados Unidos.

Un gobierno que asesina a su población para atender las exigencias de otra nación, es un gobierno postrado, doblegado, servil y traidor. Además, y por si fuera poco, las administraciones posteriores a la de Echeverría no hicieron nada, o muy poco, para castigar a los culpables de la masacre del 10 de junio. No lo digo yo, sino las evidencias: los gobiernos del PRI posteriores a Echeverría (López Portillo, de la Madrid, Salinas, Zedillo, Peña Nieto) no hicieron absolutamente nada para llegar a la verdad sobre la masacre del jueves de Corpus; y tampoco los gobiernos panistas de Fox y Calderón tuvieron el compromiso con la verdad, tan fue así que la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado ( FEMOSPP) creada en 2002 (con Fox) fue desaparecida en 2007 (con Calderón) con muy pocos avances en las investigaciones sobre la “guerra sucia” de los años setenta y ochenta del siglo pasado. A cuarenta y ocho años de distancia la verdad sobre el 10 de junio aún sigue en la oscuridad: eso es un olvido de Estado. 

 Permítame usted amable lectora, amable lector, trazar un largo arco en el tiempo desde el 10 de junio de 1971 hasta el 10 de junio de 2019. Hoy, este día, cuando usted lea este texto (o en días posteriores), la economía mexicana estará a flote, frágil y vulnerable, pero a flote, al menos no doblegada por el infame arancel que Trump pretendía imponer a las exportaciones. Hoy la noticia no es que el peso cayó hasta cerca de las treinta unidades por dólar, ni que la bolsa mexicana se desplomó provocando el despido de miles de trabajadores, ni que la fuga de capitales se incrementó a niveles similares a los de la crisis del 94, no, nada de esto sucede, al menos por ahora. La provocación a pechazos del machito Trump no encontró eco en la parte mexicana, donde el presidente Andrés Manuel López Obrador y la delegación encabezada por el canciller Marcelo Ebrard, optaron por la prudencia y la negociación. El costo ha sido alto, sin duda, pero seguramente menor al ocasionado de no haberse logrado un primer y, hay que decirlo, frágil acuerdo.

Quienes se envuelven en la bandera nacional y claman a chillidos que la negociación fue un fracaso, son los mismos que durante cincuenta años, o más, han sido absolutamente serviles a los intereses norteamericanos; son los agentes de la CIA ocupando la presidencia; son los cientos o miles de funcionarios y dirigentes políticos corruptos que tienen casas y departamentos en Miami, en San Antonio, en Nueva York; son los que perdieron estrepitosamente en la elección del 2 de julio de 2018 y anhelan, sin ningún recato ni pudor, el fracaso de AMLO aunque el país entero se derrumbe. México no les importa, a unos les interesa recuperar las canonjías perdidas, a otros los mueve única y exclusivamente el odio al Peje. De allí sus chillidos, sus estridencias y sus pataleos.

En tanto representante del Estado mexicano, el presidente AMLO negocia con lo que tiene a mano, con las fortalezas que el país tiene, y con sus debilidades también, por supuesto. Fortalezas y debilidades construidas no en los últimos seis meses, sino a lo largo de los años, al menos los últimos cincuenta, en la que presidentes al servicio de la CIA, o formados en las universidades y en la ideología pro estadunidense, o serviles por convicción y conveniencia a los intereses norteamericanos, y con las instituciones republicanas (poderes legislativo y judicial) plegadas a los designios del ejecutivo, construyeron un país sin autonomía alimentaria, ni energética, dependiente en grado mayor de las remesas y las exportaciones hacia EU, con escasa diversificación comercial y de inversiones, con inmensa deuda externa y una balanza comercial y de pagos deficitaria, con gobiernos inmensamente corruptos y hasta depredadores, con cárteles de la droga controlando territorios enteros, entre otros signos de la atrofia en la economía y las instituciones nacionales. Este debilitado país es el que AMLO representa y con esas condiciones está obligado a hacer frente al pendenciero Trump.

En otras palabras, si la capacidad de negociación ante Donald Trump (cuyas presiones y balandronadas tienen una clara intención electoral) es limitada y acaso muy menguada, es precisamente por la herencia de los últimos ocho sexenios, no sólo por las decisiones de los seis meses de gobierno de López Obrador. ¿Cómo negociar cuando hay una enorme asimetría económica, militar y estratégica entre ambos países? ¿Cómo negociar cuando las políticas de los últimos ocho sexenios no han apuntado a la mayor autonomía del país ante los EU sino justo en la dirección opuesta, hacia la mayor dependencia? En estas circunstancias -de debilidad en la negociación, hay que decirlo- ganar tiempo, así sean algunas semanas, es absolutamente crucial para redefinir estrategias, construir alianzas, establecer rutas diferentes. La presión de Trump no va a ceder, por el contrario, es previsible que se agudice conforme se aproximen las elecciones en EU, por lo que el tiempo ganado ahora fácilmente puede evaporarse en las próximas semanas.

Por otra parte, el alcance de las negociaciones solamente podrá evaluarse a cabalidad con el tiempo, en particular la propuesta del gobierno mexicano de impulsar varios proyectos de inversión para el desarrollo en El Salvador, Honduras y Guatemala. Se trata de un camino largo, complejo y no exento de riesgos, pero necesario para impulsar las economías de los países centroamericanos y con ello, a la postre, frenar la migración.

El 10 de junio de 2019 no será recordado como el día en que la economía del país entró en una espiral descendente, sino el día en que, una vez más, se demandó verdad y castigo a los culpables de la masacre del 10 de junio de 1971.

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